Esta semana, a punto ya de finalizar, comenzó en día festivo; el lunes, día 1, se celebraba la festividad de Todos los Santos y el 2 la de los difuntos. O al revés, porque nunca he tenido muy claro el significado de estas festividades que también ignoro si son religiosas o profanas. En una de las dos fechas recuerdo que mis padres encendían unas pequeñas velas o lamparillas, que ardían durante toda la noche en homenaje a los familiares desaparecidos. Opino que es un acto de superstición y desconozco si todavía se lleva a cabo en alguna casa. Pero lo que sí resulta cierto es que la relación con la muerte continúa en nuestros días, aunque sin ningún tipo de recogimiento ni recuerdo para nadie desaparecido. La moda de recordarnos que somos mortales (vamos a considerarlo así) y la forma de hacerlo, no es tan autóctona como lo de las velas y está mucho más próxima al carnaval. Nos llegó de los Estados Unidos, como tantas y tantas cosas que a diario utilizamos. Los que mayormente se sirven de ellas –los pantalones tejanos de marca, las bebidas de cola, las hamburguesas chorreando grasa, etc– suelen ser los mayores críticos del país que ha inventado esa cultura social. La cultura norteamericana posee muchos más valores en que fijarse que la bobada del halloween que no pasa de ser una postura muy progre y que se lleva mucho, aunque suponga un contrasentido tal como el de los actores que critican al cine americano y aspiran, sin embargo, a un Óscar.
No es momento de hacer referencia a los Óscar ni a sus aspirantes hispanos, pero sí, por la fecha, a lo que nos llegó de Norteamérica para que no se nos olvide que la muerte existe: Halloween. Lo cierto es que la cosa no tiene más trascendencia ni significado, aparte del comercial, que el que cada uno quiera encontrarle a disfrazarse de esqueleto o de monstruo, de bruja o demonio, e ir llamando de puerta en puerta preguntando al que abre: “¿Truco o trato?” Algo tan ridículo como esa absurda pregunta, aunque quienes la formulen no vaya mucho más en edad que la que cubre el sector infantil y algún que otro adolescente al que le falta un hervor. Si aceptas el trato todo consiste en facilitar a los críos un puñado de caramelos, y si no hay obsequio la venganza estriba en arrojar contra la puerta de la casa algún que otro huevo o rociarla con un spray. En su origen existe una explicación pero quienes practican el “truco o trato” la desconocen y no vamos a hacer gala de erudición porque Internet puede facilitar la contestación a través de numerosas entradas. La cosa no parece tener mayor importancia –y no la tiene– que la molestia de levantarse constantemente para abrir la puerta de casa. Nosotros disponemos de un halloween autóctono, aunque cada vez menos practicado. Es el Tenorio que hasta, no hace demasiados años, se representaba por estas fechas en la mayoría de teatros de nuestra geografía. En él –en la obra de Zorrilla “Don Juan Tenorio”– se dan todos los elementos de sustos, apariciones, muertos que hablan…
En Madrid, ha habido ocasiones en que la he visto representar en tres teatros distintos durante las mismas fechas, y en alguno de ellos, debido al éxito, las representaciones se han prolongado hasta bien entrada la primavera. Y un año tras otro, por distintos intérpretes que han aportado lo mejor de cada uno para satisfacer a un público que, con gran inconveniente para los actores, conoce el texto de Zorrilla de memoria y no admite el más pequeño fallo de letra. Ya apenas se hacen Tenorios y no cabe, por tanto, la comparación entre Rafael Rivelles, Enrique Diosdado, Carlos Lemos, Francisco Rabal, Ismael Merlo, Pedro Osinaga o Carlos Larrañaga, por ejemplo, que todos ellos han sido Don Juan en los escenarios. Algunos, también fuera de ellos no sé si por mimetismo o para compenetrarse más con el personaje.
http://www.youtube.com/watch?v=ca7zRi4ztFE
Actualmente, el “Tenorio” ya no se representa por la radio, como hace años ocurría, de forma invariable, la víspera del primero de noviembre. En todas las emisoras que contaban con cuadro de actores, pero de una manera especial en Radio Madrid con Pedro Pablo Ayuso, Eduardo Lacueva, Rafael Taibo o Teófilo Martínez que eran las voces titulares para casi todos los protagonistas radiofónicos. Tampoco se representa en televisión porque quitaría espacio a los cotilleos de cama y la rentabilidad que éstos proporcionan a la emisora.
Don Juan, por el planteamiento que hace de su vida y las causas que le conducen a la muerte es el personaje elegido por muchos autores para exponer sus teorías respecto al perdón divino. Tirso de Molina, Moliere y muchos más dramaturgos escogieron a este protagonista, pero es el de Zorrilla el que ha adquirido mayor popularidad, al igual que el de Mozart en su versión operística a la que puso texto Lorenzo Da Ponte. Como curiosidad acerca de la obertura de “Don Giovanni” digamos que Mozart –genio y figura– la compuso el día antes de su estreno (20-10-1787) y la orquesta la interpretó sin haber hecho ningún ensayo. A pesar de los problemas, el estreno fue un auténtico éxito de público y crítica. Un éxito que perdura en el mundo operístico. Escuchemos una escena de la obra, cuyas características escenográficas tanto nos recuerdan nuestroTenorio: Don Juan, la estatua del Comendador, los muertos del cementerio…
http://www.youtube.com/watch?v=dK1_vm0FMAU&feature=fvw
La música popular también se ha hecho eco del mito Don Juan, como es el caso de Los Mismos, aunque se refieran a él en el momento de su decrepitud.
http://www.youtube.com/watch?v=YXJkwgdOueo
Cambiando de tema, hay otra costumbre que sí se mantiene viva. Me refiero ahora al aspecto gastronómico que va unido a esta celebración y que tiene, cuando menos, una denominación macabra aunque aporte más satisfacción que terror; son los huesos de santo. Ellos, junto a los buñuelos y algunos otras especialidades según las provincias, proporcionan disfrute a los paladares de los que seguimos aquí lo que, posiblemente, sea el origen del conocido dicho: “el muerto al hoyo y el vivo al bollo”.
Y si se trata de pasarlo bien, simplemente, el “Rascayú” del mallorquín Bonet de San Pedro tiene más atractivos humorísticos que las calaveras que llaman a la puerta para pedir dulces.












