Adquirir el estatus de abuelo equivale a revivir momentos. Ante nosotros se nos presentan situaciones que, de forma más o menos parecida, ya hemos pasado por ellas. Es como una llamada a la vigilia para que mantengamos despierto el espíritu, un ‘te acuerdas’. La única novedad es ésa adquirida condición de abuelo. De lo demás nada te coge de sorpresa. Incluso, cuando la situación es muy diferente, ocurre que eras consciente de la evolución, o sea que ‘lo veías venir’, con lo que tampoco te sorprende lo que las nuevas generaciones consideran novedad. Eso cuando ese abuelo no es el promotor directo del cambio, como es el caso de las grandes empresas que lanzan novedosos productos bajo la dirección de un veterano directivo. Y los jóvenes pican el anzuelo. -’Esto sí que es moderno’-. Entre otras cosas porque no son conscientes de que la tendencia a la que se aferran ha surgido de la experiencia de un longevo directivo que, como el diablo, sabe más por viejo. O, en su defecto, ha dado el visto bueno para la comercialización, que viene a ser lo mismo.
Esto ¿a qué viene?. Sencillamente a que hace unos días se celebró el bautizo de mi nieta. En el seno de la familia, toda una novedad, sobre todo para padres y tíos de la neófita. Digamos, entre paréntesis, que de alguna manera sí es novedad ya que cada vez escasean más los padres que deciden cumplir con este ritual. -’Ah, cuando sean mayores que decidan ellos’- y en esa espera, sin orientación de ningún tipo, el personaje en cuestión va creciendo y desarrollándose pero físicamente, de ningún modo lo hace su formación humana. Tampoco la intelectual teniendo que someterse al actual sistema de enseñanza. Y ocurrirá, a no tardar mucho, que se reclamarán los bautizos ‘por lo civil’. Sobre esto se podría escribir y no parar, pero ya llegará el momento que no es, precisamente, hoy.
La novedad familiar para mí lo ha sido en cuanto a la recipiendaria, pero el rito iniciático he podido comprobar que continúa siendo igual que hace treinta años. En tres ocasiones lo viví desde el protagonismo paterno y otras muchas como testigo por familiaridad o amistad. Unas palabras: ‘yo te bautizo’ y el derrame del agua bendecida… Como entonces y como siempre ha sido desde la implantación del sacramento.
Pero hay cosas, sin embargo, que sí han cambiado. Me refiero a los bautizos que contemplé en mi infancia. Lo primero, el concepto de celebración del festejo en nada parecido desde la actual opulencia a la liviana aportación gastronómica de entonces en que la cosa se resolvía con un chocolate en algún café próximo a la iglesia. No existía el término de cafetería, o muy poco. El convite lo pagaba el padrino que, además debía satisfacer las peticiones de toda la chavalería que se agolpaba en la puerta de la iglesia vociferando:
‘Eche usted padrino no se lo gaste en vino. Eche, eche, eche, no se lo gaste en leche’, ‘Padrino roñoso, sea más rumboso’. Y otras por el estilo como ‘Bautizo roñoso, que la madrina se rasque el bolso’. Y hasta amenazantes como la de ‘Bautizo pelao, si cojo al chiquillo lo tiro al tejao’ o ‘Roña pura, se muera la comadre y la criatura’.
El padrino, previsor, arrojaba a la chiquillería un puñado de monedas que ésta se afanaba en recoger urgentemente para continuar su cantinela antes de que la comitiva penetrara en el templo. Es por lo que monedas o golosinas se arrojaban lo más lejos posible o debajo de los pocos coches aparcados, para así contrarrestar la insistencia petitoria. Apenas había coches particulares en los años 40-50 por lo que el recorrido desde el domicilio se hacía andando, con el recién nacido en brazos luciendo un gran faldón que, normalmente, venía de herencia: ‘Con este faldón se bautizó nada menos que su bisabuela y luego su abuela y su madre y va a hacer dos años el hermano mayor. Ya no se fabrican tejidos así’. Duraban aquellos faldones, sobre todo teniendo en cuenta que las familias alcanzaban muchas veces la condición de numerosas.
En los pueblos, por aquel entonces, todavía se conservaban viejas tradiciones cercanas al fanatismo y la superstición como la de que la madre no asistiera al bautizo que, normalmente se celebraba a los ocho días del nacimiento, ya que debía respetar la cuarentena. La primera vez que salía de casa, tras cuarenta días sobrealimentándose a base de caldos de gallina, era para escuchar misa y purificarse. El recién nacido era atendido ante la pila bautismal por la madrina o la comadrona. La de supercherías que había acerca de las embarazadas: para empezar, el médico apenas si las trataba a no tratarse de un caso grave y todo se desarrollaba conforme a los ‘conocimientos’ de las más ancianas y a las novenas ofrecidas a San Ramón Nonato. Según los mitos establecidos las embarazadas no podían regar plantas porque las flores se secaban; ni lavarse la cabeza o los pies para no provocar un aborto. La aparición de un orzuelo se consideraba que se debía a la mirada malintencionada de una embarazada. Y como esta, infinidad de tonterías que, afortunadamente, han sido superadas como la de parir en el propio domicilio sin la colaboración de la ciencia y sólo con el apoyo de vecinas dispuestas y madres temblorosas que, en vez de participar en las tareas, se limitaban a un ‘si la ha de pasar algo a mi hija, mejor que me pase a mi’. Con eso todo arreglado.
Con aquellos métodos, no sé cómo la Humanidad ha llegado hasta nuestros días. Si lo ha logrado ha sido gracias a que era muy raro, entonces, que alguien se inclinara por el aborto. A partir de ahora la cosa será más difícil, cuando menos se avanzará muy despacio aunque, eso sí, con el beneplácito oficial.












