Hubo una época en nuestro país, pongamos que hace cincuenta años, en que los fabricantes de tejidos y las tintorerías lo tenían fácil a la hora de aplicar los colores. Básicamente todo era negro. La sociedad española tampoco disfrutaba de otros colores en la vida de la mayoría de sus gentes. Hubo hace poco un ministro del que ya apenas queda recuerdo, apellidado Bermejo, y que proclamaba a voces la vida en colores. Igual ya ha cambiado de parecer. Era, la de entonces, una España en blanco y negro en todos los sentidos pero, sobre todo, en el vestir. El hombre de campo y de ciudad lucía el negro en su vestimenta. Uno de paño y otro de pana, pero negro, y otro tanto, incluso más exageradamente, ocurría con la mujer. Fuera de la edad que fuera. No es que fuera un color de moda, no es que se buscara una razón estética, no; es que todo el mundo vestía de luto. No de negro, sino de luto. Es como si todo el mundo fuera huérfano o viudo, o viuda. Y de alguna manera lo eran, aunque no fuera directamente. El luto se adoptaba en cualquier caso. Por los familiares más allegados, por supuesto, pero también por un tío, un primo, el suegro, la suegra. Cuando menos un detalle como aquellos brazaletes o puntas de la solapa en negro. De ahí que se mirara con extrañeza a los primeros turistas que llegaron a España con tanto colorido en su indumentaria. ‘Pero dónde van, con esas fachas a sus años’, era el comentario más indulgente. Hoy en día, el luto y quienes lo llevan, es algo en fase de extinción. Personalmente creo que lo de hoy es más acertado ya que el luto no es precisamente una forma de vestir, ni de comunicar a los demás una situación, sino un estado interior de ánimo que, naturalmente, nada tiene que ver con el exhibicionismo. ‘Mirad si tengo pena que voy todo de negro. Y por lo menos dos años’. Pues no.
Ocurría además, en aquellos años, que quien estaba de luto debía prescindir de su asistencia a cualquier acto social. Nada de cines ni teatros, nada de entrar a un bar, nada de alternar con el sexo contrario y por supuesto nada de acudir a bailes ni fiestas. Ocurría aquí más exageradamente y hasta más tarde en el tiempo, pero no era privativo de España. Si hacéis memoria sobre la película ‘Lo que el viento se llevó’, recordaréis el escándalo que provoca Escarlata O’Hara aceptando la invitación de Rhett Butler a un baile a pesar de estar, ella, de luto, por el fallecimiento de su marido. El luto de las viudas era el más acusado en la sociedad de entonces, aunque alguien se lo tomara con algo más de humor como Franz Lehar en la opereta ‘La viuda alegre’ que hicieron en cine Maurice Chevalier y Jeanette MacDonald.
Las viudas, que con su luto iban anunciando su estado, eran respetadas, cuando menos en apariencia porque siempre existía el espabilado que veía en ellas una oportunidad de lance inspirada por el consuelo que se consideraba con derecho a proporcionar. Y ellas cumplían con el protocolo del duelo vistiendo años y años de negro para pasar posteriormente al alivio de luto, que consistía en añadir algún detalle blanco a la vestimenta o pasar a tonos grises. Las viudas, como las solteras, estaban poco menos que destinadas a la vida monacal. Manolo Summers, con ironía y humor, criticó esta situación en su película ‘La niña de luto’ en la que una pareja de novios no conseguía casarse porque siempre fallecía algún familiar lo que obligaba a la novia al luto permanente. Y de luto no estaba bien visto que hubiera boda. Eran tiempos -tampoco es que en este sentido hayan cambiado demasiado- en que se vivía pendiente del ‘qué dirán’. Sobre todo en los pueblos donde existía un servicio de vigilancia espontáneo para observar el comportamiento de viudas y viudos. ‘Mira a Fulana, hace un año que se quedó viuda y ya anda por ahí alternando, que ayer estaba en la panadería hablando como si tal cosa con la panadera’. ‘Menudo es Mengano, hace dos años que murió su santa, que en gloria esté, y más de una vez le he visto entrar en casa de Zutanita que, a saber… y además iba silbando como si nada; si la difunta levantara la cabeza’. No se libraba nadie. Claro que tampoco había televisión para recrearse en la vida privada de los aspirantes a famosillos y había que conformarse con lo que había más cerca: vecinos y familiares.
La cosa, también hay que reconocerlo, llegó heredada desde los tiempos más remotos. La cosa del luto. En el Imperio romano la toga de lana de color oscuro y sin ningún tipo de adorno -la toga pulla-, sólo se vestía en periodos de luto excepto en el caso de las familias patricias. Ahora, con lo de la Comunidad Europea igual han cambiado las cosas, pero hasta hace poco en las zonas rurales de Portugal las viudas vestían de negro el resto de sus vidas.
Aunque no siempre el luto se representa con el negro. Entre las reinas europeas medievales el color del luto era el blanco y en España la tradición sobrevivió hasta finales del siglo XVI. Incluso volvió a ponerlo en práctica la reina Fabiola de Bélgica en el funeral del que fue su esposo, el rey Balduino I.
En España, por desgracia, a causa del terrorismo y otros comportamientos antisociales, son frecuentes los momentos en que se despide a un fallecido o se celebra un funeral por su alma. En el acto, cada vez menos, se aprecia algún detalle de luto que, cada vez más, se limita a las gafas negras. Lo que sí se ha impuesto, a falta de vestir de negro, son los aplausos que supongo estarán dedicados al fallecido, pero no sé la razón de tanto aplauso que muchas veces parece que se trata de un acto festivo o el reconocimiento a lo bien que el finado hace su papel. Se acabará por ‘cambiar” las palmas y hacerlas flamencas para darle un tono más especial al dolor de los presentes.
La incorporación de la informática a nuestras vidas también ha desplazado aquellas cuartillas y sobres fileteados en negro, aquellas esquelas en que se realizaba la correspondencia. El género epistolar ha quedado absorbido por el e-mail, y los comunicados con el anuncio del fallecimiento por sms del móvil: “Te has quedado huérfano”.
Concretando: que desde que se inventó la máquina para cortar jamón y el aplauso en los entierros, ni el jamón sabe a jamón ni el luto es luto. Modernidades.












