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Cabecera Me Viene A La Memoria

EL PAN DE PUEBLO

Nos acordamos de algunos sucesos –agradables o no– ocurridos en nuestra vida. De momentos puntuales y hasta de etapas enteras. Pero de la misma manera que aquellas experiencias vividas quedaron grabadas en nuestro cerebro y en nuestro espíritu ¿funciona de igual manera la memoria de nuestros ojos, de nuestro olfato, nuestros oídos, nuestro tacto o de nuestro sabor? Estoy convencido de que sí.
 
Podría referirme a muchas de las situaciones en que alguno de estos sentidos actuó y de la que guardo recuerdo, pero me voy a centrar en una, aprovechando la época vacacional en que todavía estamos. Porque es en este periodo del año cuando, de pequeño, nos trasladábamos toda la familia a un pequeño pueblo alcarreño para pasar las vacaciones escolares. Nada de playas que ni sabía que existieran. Un lugar donde la luz eléctrica no era el común de todas las viviendas y donde un candil de aceite era el medio casi generalizado para alumbrarse; ni el agua corriente llegaba a todas las casas por lo que se hacía necesario acudir a la fuente colectiva para proveerse de ella. Donde los alimentos, extraídos normalmente del corral (pollos, conejos, corderos) se cocinaban en cocina baja de leña, las verduras y frutas se obtenían de los huertos, los huevos se les sustraían a las gallinas recién depositados en el ponedero y los fiambres (chorizo, lomo, panceta, jamón) se curaban y conservaban en la alacena tras la celebración de la matanza de un cerdo que cada familia criaba para su uso particular. Vino, el procedente de las viñas que rodeaban el lugar, y otro tanto con respecto al aceite teniendo en cuenta que por allí también se daba el olivo. La harina igualmente, dado que en aquellos campos se criaba el trigo suficiente para lograrla. Y de ella, el pan con lo que llegamos al tema que hoy nos ocupa en este post. Pan que se cocía una vez a la semana en el horno comunal. Pan que se deshacía entre los dedos y en la boca cuando, recién salido del horno, oloroso y todavía caliente, se degustaba sin ningún tipo de acompañamiento. Tan simple, pero suponía un manjar. ¡Qué poco duraba una de aquellas hogazas recién cocidas! Con el paso de los días iba endureciendo, pero sin perder en ningún momento su sabor, hasta que al final, cuando ya se daba una nueva hornada, pasaba a ser utilizado para sopas, para migas y en el último momento para, remojado, alimento para los animales.
 
Ahora en que el pan precocido es congelado y termina su cocción un momento antes de venderse, con lo que se limita a un buen aspecto exterior pero insulso y crudo por dentro, me viene a la memoria aquel pan de pueblo de mi infancia en tiempo de vacaciones. Los nativos del pueblo, acostumbrados a él durante todo el año, no apreciarían, probablemente, tal delicia gastronómica.
 
Aquel pan conoció en su interior lonchas de jamón, panceta, chorizo, queso o rodajas de tomate con anchoas. Sirvió de complemento para muchas tabletas de chocolate y se confundió en multitud de ocasiones con la yema de unos huevos fritos y el aceite que sirvió para prepararlos, y hasta se convirtió en ‘barco’ sumergido en la sopa del cocido, en la mezcla aceite/vinagre de las ensaladas o en el tazón mañanero de café con leche. Aquel pan, cortado en rebanadas y previamente tostado al calor de las llamas, aceptaba perfectamente en su superficie un chorro de aceite, o una porción de mantequilla extraída tras la cocción de la leche proveniente de las vacas lugareñas, espolvoreada con azúcar. Los más mayores preferían el contundente rociado de vino tinto e igualmente nevado de azúcar. La bollería industrial ha venido a sustituir aquel deleite que el pan suponía para el paladar. El pan, como tal, apenas si sirve de leve acompañamiento en las comidas porque alguien ha sugerido que engorda. La voz ha corrido y al pan se le da de lado para no atentar contra el aspecto físico. Seguramente por los mismos que son adictos a la pizza y las hamburguesas.
 
En tiempos pretéritos, sin embargo, el pan estaba considerado como el alimento principal en la dieta tradicional de nuestra cultura mediterránea. ‘A nadie se le niega un trozo de pan’, se suele decir cuando alguien está en dificultades; porque se considera como algo básico. Incluso, muchas religiones y sociedades lo utilizan en sus ritos. Es el caso de matzoh en la pascua judía, la hostia en la eucaristía cristiana o el acto de bienvenida de los pueblos eslavos. En la antigüedad, para los egipcios el pan era tan importante que se consideraba como moneda para pagar los jornales. Y a las ‘asistentas’ que acudían a nuestras casas para ayudar en las tareas domésticas, cuando finalizaba su jornada, además del jornal, se les compensaba con una barra de pan y dos huevos cocidos.
 
En el refranero español el pan aparece con frecuencia. Recordemos algunos: ‘Contra el hambre, no hay pan duro’, ‘Con pan y vino, se anda el camino’, ‘Al pan, pan y al vino, vino’, ‘Contigo, pan y cebolla’, ‘Pan para hoy y hambre para mañana’, ‘El pan, aunque sea duro, más vale para mí que para ninguno’, ‘No sólo de pan vive el hombre’, ‘No hay mejor refrán que buen vino y buen pan’, ‘Con pan y ajo crudo se anda seguro’, ‘Bocado de mal pan, ni lo comas ni lo des a tu can’, ‘Con su pan se lo coma’, ‘Eso tiene miga’, ‘Dame pan y dime tonto’, ‘Los duelos con pan son menos’, ‘Donde no hay harina todo es mohína’, ‘Dios da pan a quien no tiene dientes’, ‘Es más bueno/a que el pan’, ‘A pan duro diente agudo’, ‘Al pan de quince días, hambre de tres semanas’, ‘Con vino añejo y pan tierno, se pasa pronto el invierno’, ‘Ni mesa sin pan, ni mocita sin galán’, ‘Más vale pan duro que ninguno’… Supongo que habrá más.
Es lo normal después de tantos siglos de historia. Los estudiosos del tema consideran que el pan ya se consumía en la prehistoria. O algo parecido surgido de una masa formada por granos semimolidos y ligeramente humedecida que se hubiera cocido al sol. Los arqueólogos han encontrado pan en las ruinas de Pompeya y en los yacimientos de los poblados cercanos a los lagos suizos. De los egipcios hay constancia de que utilizaban la levadura y los hornos, al igual que en la antigua Roma donde la dieta de los legionarios era corriente que fuese una ración de aceitunas y pan. De ahí, también, la gran importancia que adquirió en Roma el cultivo y el comercio del trigo. Allí, en la Roma antigua, surge también el concepto de ‘pan y circo’ desde el que se intenta amortiguar los conflictos sociales proporcionando un placer simple y básico al pueblo llano. Con el tiempo pasó a ser ‘pan y toros’, argumento que sirvió a Barbieri para crear una zarzuela con ese título.


http://www.youtube.com/watch?v=8U3osYfb7YY


El mismo argumento ha llegado hasta la actualidad en que el mismo propósito de ‘despistar’ se emplea utilizando el fútbol y el sandwich con pan integral de molde. Quizá es por eso por lo que cada vez tengo menos apetito. ¿Dónde está el pan de pueblo?

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