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Cabecera Me Viene A La Memoria

EL RATONCITO PÉREZ

Como de mis primeros dientes no me acuerdo y los segundos los conservo, para este post he de referirme a los de mis hijos. El mayor, al poco de cumplir tres meses y estando de vacaciones, acusó una alta temperatura febril además de otras manifestaciones de supuesta enfermedad. Visitado el pediatra y tras una concienzuda revisión, no le diagnosticó nada, porque ninguna anomalía le encontró. ‘¿No serán los dientes?’ le sugerimos. ‘Nada, esto será, probablemente, debido al cambio de domicilio, al calor, al agua de los biberones que es distinta… Los padres siempre igual, siempre deseando que su hijo sea haga mayor rápidamente; todavía le queda algún tiempo para que eso ocurra, dos o tres meses’. Al día siguiente, aunque sin fiebre, observamos el empeño del bebé por introducir sus dedos en la boca. Con un leve reconocimiento dactilar pudimos comprobar que algo, como una pequeña punta de alfiler, brotaba de su encía. Con tres meses le había nacido su primer diente aunque sin consentimiento del pediatra. El siguiente hijo (hija) se comportó de manera similar en cuanto a la dentición, aunque ya no fue sorpresa. Y lo mismo el tercero, por lo que si alguien me pregunta a qué edad nace el primer diente siempre diré que los tres meses porque, según me enteré después, a mis hermanos y a mí nos ocurrió lo mismo.


Con una distancia de 30 años la historia se repite. Mi nieta ha pasado por todos los traumas dolorosos y febriles derivados de la aparición dental. Y el nieto es de suponer que los empiece a padecer dentro de dos meses, si todo se desarrolla conforme a la tradición familiar.


Lo que yo me pregunto aunque no sepa contestarme, y no voy a acudir a las explicaciones que pudiera darme aquel pediatra que no creía posible lo del primer diente, es las razones por las que se produce el trauma doloroso de los primeros dientes, cuando éstos van a desaparecer en poco tiempo para inmediatamente ser sustituidos por otros nuevos. ¿Por qué esos primeros dientes no se desarrollan como ocurre con las piernas y los brazos que son para toda la vida? Cuando ya te has acostumbrado a ellos, cuando ya sabes utilizarlos, comienza el relevo. Otra vez a empezar. Es más que probable que exista una explicación, incluso científica, pero no alcanzo a ella.


Los niños a los que se les ha caído un diente son víctimas de una tremenda falta de seguridad en si mismos Se resisten a ir al colegio donde sus compañeros les verán, tienen miedo a comer por si se produce algún dolor y sobre todo, se sienten acomplejados con su integridad física deteriorada. Es cuando se pone en marcha la imaginación paterna y se inventa algo para evitar, o cuando menos, mitigar la situación. Sin embargo, no fue un padre común el que imaginó, o sea, un padre con hijos, porque la fantasía corrió a cargo de un sacerdote: el Padre Coloma, un jesuita jerezano de la segunda mitad del XIX a quien también se deben libros como ‘Jeromín’ o ‘Pequeñeces’, considerada su obra fundamental, que terminaría por ser reconocido como académico de la Lengua en 1908.


Los reyes, no por serlo, viven situaciones diferentes al resto de los mortales. Por lo menos no siempre. En ocasiones son las mismas y a sus hijos, como a los de todo vecino, también se les caen los dientes cuando alcanzan los siete u ocho años. Y los reyes, como el resto de los humanos, tampoco encuentran argumentos para explicar a sus hijos las razones por las que los dientes aparecen con dolor, después se caen y vuelven a salir. La diferencia es que ellos pueden encontrar vasallos a quienes encargar la argumentación.


Así ocurrió en Palacio, en el año 1894, cuando al futuro Alfonso XIII, que entonces contaba ocho años de edad se le cayó el primer diente. La reina María Cristina se puso en contacto con el escritor –el Padre Coloma– y le encargó un cuento que justificara la situación dental. Y aquel sacerdote, conocedor de que al futuro rey su madre le llamaba Bubi, escribió una historia protagonizada por el rey Bubi I, amigo de los niños y protector de los ratones. Uno de estos ratones ‘muy pequeño, con sombrero de paja, lentes de oro, zapatos de lienzo y una cartera roja, colocada a la espalda’, se acercaba por las noches, escondiéndose de los gatos, hasta la casa de los niños que habían perdido algo, por ejemplo un diente, y les compensaba con algún regalo. Un ratón que vivía en el número 8 de la madrileña calle Arenal, muy cerca de Palacio, donde en la actualidad luce una placa conmemorativa de su ‘existencia’ en honor a su creador. Un ratón que se llamaba Pérez.

La historia del ratoncito Pérez se hizo popular y se difundió por todo el mundo y así se la cuentan a los niños no sólo de España sino de toda Latinoamérica; de Francia (donde es la petite souri); de Italia (Topino), o de los países anglosajones donde el ratón se ha convertido en hada (Tooth Fairy).  En Cataluña es un pequeño ángel (l’Angelet) y en el País vasco también otra especie de hada (‘Mari teilatukoa’, Mari la del tejado). En España no se reedita el cuento desde 1947, sin embargo, en Japón todos los años se lleva a cabo una nueva edición. En todos los casos, el niño ha de dejar su diente, por la noche, bajo la almohada, y al día siguiente aparece éste sustituido por un regalo o una cantidad de dinero. Algo que sirve para vencer el trauma infantil, que incluso causa ilusión a los pequeños y que evita a los padres tener que dar explicaciones sobre causas que ignoran.

La aparición de los dientes en mi nieta me ha llevado a pensar que, a la velocidad que pasa el tiempo, enseguida llegará el momento en que se le caerán en cuyo caso me viene bien refrescar la memoria para tener presente la manera de cómo consolarla. Es la razón de este post.

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