Por bien que se ande de memoria lo que no puede ser no puede ser y además es imposible, que dijo el torero. Vamos, que de lo que ocurrió hace cien años es evidente que no puedo acordarme, pero para eso están las hemerotecas, archivos, ficheros e Internet. En todos esos sitios se recuerda que en 1908 murió Federico Chueca y es por ello que numerosos organismos culturales, orquestas, cantantes solistas y coros se dispongan a rendir homenaje al, seguramente, más popular de cuantos compositores cedieron su inspiración a la zarzuela. Incluso, es posible que sus obras sean más populares que su propio nombre ya que, por lo general, el público no identifica una melodía con su autor.
En base a esta opinión, los temas con que Chueca ilustró musicalmente ‘La Gran Vía’, ‘Agua, azucarillos y aguardiente’, ‘La alegría de la huerta’, ‘Cádiz’, ‘El año pasado por agua’, ‘El bateo’ y un larguísimo etcétera son sobradamente conocidos tanto por los aficionados a la zarzuela como por aquellos que no lo san tanto. Que no lo son tanto porque la zarzuela, o fragmentos de su repertorio, gusta a todo el mundo. Otra cosa es hacerse el estirado, fino y entendido, que se lleva mucho, y rechazarla. Con verdaderos argumentos músico/culturales yo nunca la he oído rechazar. Con bobadas, muchas: ‘Yo es que donde esté la ópera y la música étnica…’ y expresiones por el estilo. La zarzuela es un género por sí misma y no cabe la comparación con otros géneros. Tampoco cabe el menosprecio hacia el ‘género chico’ que se diferencia de la zarzuela tan sólo en su duración que no sobrepasa un acto, mientras que aquellas disponen de tres para el desarrollo de la acción. La música es mejor o peor en uno u otro caso según la calidad de su autor. Nada más. Los cantantes, principales defensores de nuestra zarzuela y nuestro ‘género chico’ no hacen distingos y son los principales defensores de este género y embajadores de él fuera de nuestras fronteras.
Estábamos en Federico Chueca. Nació en Madrid, el 5 de mayo de 1846, y lo hizo en la Torre de los Lujanes, en la plaza de la Villa, que es el edificio civil más antiguo que se conserva en la capital, originario del siglo XV, y donde, al parecer, permaneció preso Francisco I de Francia tras ser hecho preso en la batalla de Pavía, en 1525.
La familia del futuro músico poseía una situación acomodada y se forjó para su hijo un porvenir dentro de la medicina, pero Federico, que desde pequeño apuntaba buenas maneras con el solfeo y el piano, se decidió por la música. Incluso con una formación deficiente, lo que hizo que la mayoría de sus obras hubiera de firmarlas con la colaboración de algún compañero de profesión como fueron Barbieri y Bretón, pero sobre todo, Joaquín Valverde que armonizó y orquestó la mayoría de sus obras. Chueca era la inspiración y la vitalidad para llegar a lo popular. Y lo consiguió siempre.
Ese vitalismo y la popularidad hicieron que, directa o indirectamente, Chueca fuera constante protagonista de anécdotas. Por ejemplo, el mismo día en que se estrenó ‘La Gran Vía’ le fue sustraída la cartera y al enterarse los ladrones de que la víctima era quien les había retratado en la famosa jota de ‘los ratas’, se la devolvieron con todo el dinero más veinticinco pesetas y una nota firmada por ‘el rata primero, el rata segundo, el rata tercero, la Pelos y la Chata’.
Chueca era un furibundo liberal y como tal dedicó a Prim una marcha a la que puso su nombre y que más tarde incorporaría a la obra ‘Cádiz’ rebatuziándola como ‘Marcha de Cádiz’. Ese liberalismo le llevó a la cárcel, cosa que no le arredró ya que fue motivo de inspiración para sus ‘Valses de un preso’
Otro estreno, el de ‘Agua, azucarillos y aguardiente’, fue de tal éxito que el público permaneció en la puerta del teatro hasta que salió el autor y le llevaron en hombros hasta su casa; como a los toreros.
El libreto de ‘El chaleco blanco’ también está dentro del anecdotario del músico ya que fue consecuencia de una apuesta mantenida por su autor, Ramos Carrión, con otros amigos, para escribir un sainete en un plazo determinado de tiempo y quien no lo consiguiera pagar el almuerzo y cena a los demás durante una semana.
Posiblemente, la anécdota más chusca en torno a Chueca se la proporcionara un cantante de su ‘Caballero de gracia’, uno de los números más destacados de ‘La gran vía’. El cantante, en cuestión, era de la acera de enfrente, cosa sabida por todo el mundo. Aparecía en escena, todo elegancia con su frac, su chistera y su bastón y comenzaba su interpretación: ‘Caballero de gracia me llaman…’ En ese momento alguien del público gritó: ¡’ma…cón’¡ y el artista, con toda su flema, continuó con la letra del tema: ‘y efectivamente soy así’.
Una anécdota, yo diría que con tintes de dramatismo, vivida por Chueca, sucedió varias veces en su domicilio del que, en sus últimos años, apenas salía ya que estaba prácticamente ciego debido a la diabetes. Un cestillo con unas monedas, atado a una cuerda, lo hacía descender desde el balcón de su casa hasta la calle y pedía a los chicos que había por allí que le compraran pasteles.
Murió hace cien años pero ahí están tan frescas y vibrantes como en el momento en que fueron concebidas, las partituras compuestas por Federico Chueca. Todos las conocemos y todos las seguimos cuando las escuchamos. Los progres también, pero a escondidas.












