Comienza otro año para todos y uno ya empieza a olvidar los propios dado que es una realidad no siempre bien recibida. Si, ya lo sé, lo escucho constantemente: “cumplir años es madurar, es aproximarse más a la verdad propia, es tolerar, es comprender, es la satisfacción de haber asumido y cumplido determinados deberes que la vida puso en nuestro camino”, es… muchas cosas, todas muy bonitas y que muchos aceptan. Pero no todos. Lo que ocurre es que debemos aceptar el paso y el peso de la edad y por lo tanto resulta más cómodo el poner buena cara. Incluso en las antesalas del médico de cabecera se ve la satisfacción de cada “mayor” si descubre que tiene la tensión más alta que los demás que también están esperando ser atendidos por el doctor. Todos, también, exteriorizan su satisfacción por estar al margen del mundo del trabajo –“ahora, sin tener que ir a trabajar, es cuando disfruto de la vida” – pero, sin embargo, en todas sus conversaciones incluyen orgullosos algún episodio de su etapa laboral. ¿Añoranza? Quizá nos falta sinceridad, para con los demás y para con nosotros mismos, al rechazar la idea de que ya apenas somos tenidos en cuenta ni son necesarios nuestros conocimientos, ni toda esa sabiduría que, al parecer, proporciona la edad. La sociedad no nos necesita. Nuestra responsabilidad sólo es reconocida por nuestros hijos si tienen que confiarnos el cuidado de los suyos: “No te quejarás, lo bien que te lo pasas con tus nietos; seguro que hoy no te duele nada. Además con quien mejor puedo dejarlos es contigo”. Nuestra actitud, desde la atalaya de esa edad alcanzada, es asentir, dar la razón y manifestar nuestra disposición para una siguiente ocasión que, por supuesto, no tarda en producirse. Y para nuestro interior queda la seguridad de que no es ésa la terapia para los achaques que puedan afectarnos, ni tampoco los fármacos, sino la oportunidad denegada para seguir en la actitud de juventud; por lo menos mental. En el libre albedrío, en la libertad de movimientos, en el espacio propio. “Es por tu bien”, se nos argumenta. Con ilusiones, sentimientos, esperanzas, con la vista escudriñadora, con la mente activa y en activo de forma permanente, con la fuerza física apenas intacta porque al no hacer uso de ella se conserva, con los reflejos en vigilia, con las ansias de superación que proporciona el trabajo… Nos han hecho creer que nada de eso nos es ya necesario y que nos debemos al “merecido” descanso. Pues no estoy de acuerdo. Me rebelo, pero también me aguanto. No queda otro remedio.
Así que como no hay otra solución nos enfrentaremos a un nuevo año en el que nos volveremos a plantear todo aquello que queremos hacer y que, como no es verdaderamente importante, no llegamos a hacer. Tampoco lo hicimos en su momento, cuando verdaderamente se necesitaba. Ahora ¿qué más da saber inglés o no; fumar o no fumar; hacer ejercicio o no hacerlo; comer con sal o sin ella? Así que nos lo plantearemos otra vez, comenzaremos algo y en febrero lo abandonaremos. Como siempre.
Ante lo incierto del futuro, lo que sí es verdad es el pasado y los recuerdos que de él se deriven. Con ellos acometeremos este nuevo año desde este blog de “Me viene a la memoria”. Como otras veces he comentado no se trata de añorar nada con nostalgia, sino de recordar. Simplemente. Recuerdos de algunos momentos de la vida transcurrida y que aun siendo los mismos, en muchos casos, serán distintos en cada mente según las circunstancias de cada uno en el momento de suceder o en el presente. Porque incluso los recuerdos no son iguales para todos; como los colores, son distintos según el cristal con que se miran. Es igual, lo importante es ejercitar la memoria, que no nos venza porque de ocurrir no nos quedaría nada. Tampoco, no vayamos a sacar las cosas de quicio, se trata de vivir del recuerdo.
Así que lo dicho. Veamos qué nos depara el 2010 y si él mismo es capaz de sobreponerse a las circunstancias, porque el anterior se lo ha puesto bastante fácil para superarle. Cualquier brizna de bienestar ya supondrá algo de superación. Claro, que todas las cosas y todas las situaciones son susceptibles de empeorar. Procuremos entrar con el pie derecho. Que para todos sea un buen año. ¡Chin, chin!












