Hace años era cliente de las peluquerías. Había razón para ello. Con el tiempo las visitas se fueron espaciando, conforme a la menor necesidad que el pelo requería. Una necesidad que fue a menos, progresivamente, hasta que llegó un momento en que consideré lo absurdo de requerir un servicio para algo tan innecesario como conservar cuatro cabellos más atrás de la coronilla. Me hice con una maquinilla y resolví la situación de manera personal. Se coloca en posición de ‘cero’, se empieza por detrás y se desliza hacia delante, haciendo surcos paralelos. En poco más de dos minutos, la cabeza queda como una bola de billar. Y el peluquero pasó a estar de más para mis necesidades capilares.
Sin embargo hay algo que hecho de menos de los tiempos en que acudía a la peluquería (también barbería): la conversación con los peluqueros. No sé si los de ahora son o no buenos conversadores; los antiguos sí lo eran y sin recurrir a los cotilleos sobre los amoríos de artistas y marquesas, como, al parecer, ocurre en un buen número de las peluquerías femeninas. Y debe ser cierto a juzgar por el tipo de publicaciones que en ellas se ofrecen a las pacientes clientas. Pacientes, teniendo en cuenta la enorme cantidad de tiempo que pasan en ellas desde que acceden al salón. Cuando salen lo hacen protestando porque no les han hecho ‘lo que querían’ y les han dejado el presupuesto temblando. A la semana, vuelven.
Las conversaciones de los peluqueros eran otra cosa. Alguno hasta proponía el argumento una vez sabido qué tipo de servicio requería el cliente. “¿Qué va a ser, pelo o afeitado?” – “El pelo” – “¿Corto o arreglar?”. Una vez realizado el rito de colocar el paño alrededor del cuello del cliente, como si se tratara de un babero gigante, y haberse provisto del instrumental necesario -tijeras y peine- venía la pregunta: “¿Toros o fútbol?” Y ya estaba la cosa liada. Contestaras lo que fuera, el peluquero se lanzaba sin ningún tipo de miramiento y por supuesto yendo a su terreno. “¿Fútbol?, pues no sabe usted lo que se pierde si no le gustan los toros. Seguro que no se enteró de lo que hizo el domingo Bienvenida…” Y hablaba de toros, remontándose hasta los tiempos de El Guerra, de Gallito y de Bombita. Si la petición era acerca de lo taurino y no se veía en condiciones de dialogar desviaba la conversación hacia el balompié y si rechazabas cualquiera de las dos conversaciones -”es que a mi el fútbol y los toros ni fu ni fa”- conseguía derivar el tema hacia la política, no sin antes tantear de qué pie cojeabas. Por supuesto, se manifestaba conforme a lo que te agradaba escuchar. Quizá buscando la generosidad en la propina. Todo entre fotografías clavadas en las paredes de futbolistas y de toreros con el autógrafo del fotografiado dedicado al peluquero quien, al parecer, era amigo de todo el mundo. También fotos de artistas de cine españoles. De los extranjeros también, pero sin firmar.
Por supuesto, nuestro peluquero, al que acudíamos con asiduidad, era siempre el mejor. Ninguno como él arreglaba las patillas o redondeaba el cuello, o dejaba el largo en su punto exacto. “Es que ya me tiene cogido el aire, ya sabe cómo me gusta el pelo”. Sabía tus gustos y tus aficiones dialécticas. Y también tu nombre.
Ofrecer tu cabeza a un solo profesional y no estar probando aquí y allá era determinante. Así lo entendió entre otros, el pintor Pablo Picasso.
En 1948 comenzó a ir a la peluquería que Eugenio Arias tenía en Vallauris, en los Alpes marítimos. Había sido el lugar escogido por el peluquero para vivir su exilio de su España natal. Lo mismo que Picasso y los dos por la misma causa: su comunismo. La afinidad de ideas y la afición a los toros hizo que pronto congeniaran ambos y entablaran amistad.
Los amigos del pintor, cuando le visitaban, consideraban de obligación ir al su mismo peluquero y así lo hicieron, entre otros, Jean Cocteau, el poeta Jacques Prévert a quien cantaron Yves Montand y Juliette Gréco, o los toreros españoles Luis Miguel ‘Dominguin’ y su hermano Domingo. El salón se convirtió en un lugar de atracción porque siempre había ocasión de encontrar en él algún personaje y Picasso, que acudía dos veces por semana, agobiado, pidió a ‘su’ peluquero si podía ir a su casa, a lo que Arias accedió encantado y sin cobrar el servicio ni el desplazamiento, dada la categoría del cliente. Lo hacía en bicicleta hasta que el pintor malagueño, que cambió varias veces de domicilio, le regaló un coche, un Renaault Dauphine. Le obsequió, además, con varias de sus obras: dibujos, grabados, litografías, cerámicas, fotografías… Y actuó, como padrino de boda de su peluquero con Simone Luise Francoual. Toda una amistad que se prolongó durante veintiséis años, hasta la muerte del artista. Eugenio Arias fue una de las pocas personas que le acompañó en los últimos momentos de su vida.
En 1982, ya abandonado su exilio, decidió donar todas las obras picasianas a su pueblo, Buitrago del Lozoya, en la provincia de Madrid, de donde era natural, y allí quedó establecido el Museo Picasso. Arias, a quien poco antes de este verano se le homenajeó y nombró hizo predilecto de la localidad, falleció hace poco siendo nonagenario, como su amigo Pablo. Un amigo de muchos años cuya amistad comenzó con una conversación, una charla, quizá intrascendente, que es la que se practica o practicaba con los peluqueros. ¿Fútbol o toros? Al finalizar el trabajo, un ligero cepillado por el cuello y la espalda para eliminar cualquier resto capilar, la propina, las ‘muchas gracias’ y el ‘hasta la próxima’, junto al ‘este año ganamos la Liga’.












