Hubo un tiempo que la mayoría de nosotros alcanzó a conocer ya que tan sólo se remonta a medio siglo atrás. Un tiempo en que las personas mayores vivían con sus hijos que cuidaban de los achaques que sus progenitores pudieran acusar, a la vez que se beneficiaban de su ayuda y su compañía. Los ancianos con familia apenas conocían las residencias para mayores que, además, entonces no disimulaban su finalidad con esta denominación sino que se conocían por asilos. Así nos entendemos todos.
¿Quién de vosotros, cuando pequeños, no ha tenido un abuelo en su casa? O abuela, claro. Maternos o paternos. De ambas partes, juntos, era más difícil que se diera el caso.
Recordamos muchas cosas de ellos: yo, por lo menos, recuerdo mucho de la relación con mis abuelos, sobre todo los maternos con quienes conviví más pues los paternos tenían su residencia en Zaragoza y a ellos únicamente alcanzaba alguna que otra visita.
Aprendía de mi abuelo relatos sobre sucesos que él vivió en primera persona y que me quedaros grabados en la memoria. Ahora los encuentro, de vez en cuando, reflejados en algún libro. En otros se dice lo contrario, pero, claro, no voy a desconfiar de la palabra de mi abuelo. Me quedo con su versión que, además, es mucho más lógica.
Él se fue y quedó mi abuela que vino a vivir a mi casa. Recuerdo sus narraciones sobre historias fantásticas, sus rosarios todas las tardes, sus guisos y sus postres, su vestuario siempre negro, su ayuda a la hora de hacer los deberes y sus canciones que muchas veces recomendaba que no escucháramos yo ni mis hermanos porque eran ‘picantes’ (en realidad cuplés de primeros de siglo apenas insinuantes y vistos desde hoy, hasta ridículos en su contenido). Recuerdo hasta momentos concretos. Pero hay algo que siempre recuerdo de ella: su afición a tejer. En general a todas aquellas labores que requiriesen aguja, hilo, tijeras y tela, pero con preferencia en las que hubiera que utilizar la lana y las agujas o el hijo y el ganchillo.
Creo, no obstante, que no era la única con afición tan desmedida. Por las conversaciones con los compañeros del colegio, todas las abuelas eran igual. Todos llevábamos los jerseys confeccionados por ellas. Con rayas, con ochos, lisos, con el cuello alto o de pico, de varios colores o de uno. Jerseys ‘made in abuela’. Jerseys de lana gruesa ‘para que no pases frío’. Y es cierto que con aquella protección y la sangre caliente de la juventud, el frío no hacía mella en nosotros. Son el mejor remedio contra el frío y con el invierno que este año estamos teniendo su carencia se hecha en falta. Es por lo que su uso acude hoy a mi memoria.
Recuerdo la imagen de mi abuela en su quehacer autoimpuesto de hacer punto. Al rato de levantarse se instalaba ante una ventana, se aproximaba su atillo de lanas y agujas y comenzaba su trabajo. Desde la mañana hasta el anochecer, sólo descansando para comer y sestear ligeramente, y lo mismo en verano que en invierno. Sin parar, ensimismada en añadir y reducir, protestando de vez en cuando sobre su torpeza si algún punto se salía de su lugar, y una vez recuperado nuevamente a entrelazar los dedos con las lanas y las agujas para lograr el nudo elegido. El jersey va avanzando y ya hay otro en mente para otro hermano, pero ¡sorpresa!, lo contempla, expone ante sus ojos lo ya realizado y para sí misma, aunque en voz alta, exclama ‘no me gusta’, y ni corta ni perezosa comienza la destrucción de lo realizado. Un pequeño cabo de lana se va convirtiendo, poco a poco, en una bola. ‘No me gustaba’. Sin tregua de ningún tipo, cuando la obra ha quedado deshecha la comienza de nuevo. La espalda, el delantero, las mangas. No pregunta cómo nos gusta la prenda que es para alguno de nosotros. Tiene que ser como a ella le parezca bien. Y si, una vez terminada, haces algún comentario que no le agrade, a modo de una Penélope, vuelve a deshacer lo hecho. Y a volver a empezar. Porque es su entretenimiento, es la obligación que se ha impuesto. Y además le gusta lo de hacer punto. Y hacer colchas de ganchillo y mantelerías que nunca se utilizarán porque ‘es una pena que se estropeen’. A ella le da lo mismo. Su misión termina con la finalización de la tarea.
De vez en cuando detenía su quehacer, no de repente sino amainando la velocidad, para quedar ensimismada en sus pensamientos, supongo, o para dormir con los ojos abiertos, o soñar, o recordar. No sé. Nunca le preguntamos nadie acerca de aquellas ausencias. Eran pausas breves, después volvía a su jersey o a su bufanda, larguísima, o a remendar un pantalón víctima de algún enganche, o a zurcir un calcetín con un huevo de madera dentro de él para apoyar la aguja y mantener la tensión original del punto.
Ya no se zurce, se tiran los calcetines rotos; no se remienda, se tiran los pantalones rotos; ni tampoco se hace punto, se compran los jerseys confeccionados con la lana alterada con productos sintéticos. Las máquinas industriales de tejer han sustituido a las manos de las abuelas; hacen jerseys perfectos sin que las mangas sean más largas que los brazos, pero el tacto carece del amor que las abuelas ponían en los que trabajaban para nosotros por lo que el calor es menos. Por lo menos distinto. Y es que apenas quedan abuelas, porque aquellas nuestras de tanto hacer jerseys y bufandas para sus nietos apenas enseñaron ese arte a sus hijas con lo que estas poco pudieron transmitir a las suyas que, en una gran mayoría piensan que las agujas son para hacer brochetas gigantes. Algún jersey queda todavía de fabricación casera, pero los menos. Mi hija, desde que nació la suya, no para de pedir a su bisabuela que le haga jerseys a la niña. ‘Con el punto fino, que es un bebé, que es muy pequeña’. Y ahí está la bisabuela, dale que te dale, haciendo y deshaciendo -‘esta manga es muy larga, la voy a hacer otra vez’-, para que este invierno la niña no pase frío.












