Hacer una película basándose en una biografía supone homenajear al biografiado. En la mayoría de los casos supone un homenaje de agradecimiento ante la aportación del personaje a la sociedad. La vida de un músico, de un escritor, de un pintor, de un dirigente, de un emprendedor, de una persona, en definitiva, que ha destacado sobre el común de los mortales. En ocasiones, también se han dedicado películas a maleantes famosos cuyos delitos les han proporcionado popularidad. Y el cine lo que pretende ante todo –porque eso de la calidad es muy subjetivo– es que el público pase por taquilla. Bueno, por estas latitudes, lo que se pretende es enganchar una subvención que te permita echarte la siesta con toda tranquilidad sin tenerte que molestar en una gran realización, ni siquiera en que el público acuda a presenciarla en una sala de proyección comercial. Para ello, con levantar la ceja y poner en imágenes –no importa si bien o mal– algún suceso ocurrido hace setenta y tantos años es más que suficiente. Nadie pide ninguna explicación sobre la veracidad de los hechos ni la calidad de las imágenes. Pero no es el caso al que hoy vamos, sino el de dedicar un film a quien fue el máximo ídolo del séptimo arte en la década de los 50 del siglo pasado. Apenas 20 años como actriz de cine sirvieron para convertir en todo un icono de la belleza y la sensualidad a Marilyn Monroe, sobre la que se va a realizar una película: “My Week with Marilyn” (“Mi semana con Marilyn”). Tras una larga selección, (casting, para expresarnos más a la moda) la actriz escogida para interpretar a la rubia californiana ha sido una de las participantes en la serie de TV “Dawson’s Creek”, concretamente aquella adolescente promiscua que en la serie se llamaba Jen Lindley y en su vida particular se llama Michelle Williams. Ella será Marilyn, la sex simbol por excelencia en la historia del cine, fijándose sobre todo en su presencia en Gran Bretaña donde rodó “El príncipe y la corista”. Así lo ha decidido el guionista, quizá por ser uno de los momentos más decisivos en la vida de la actriz que en este caso compartió pantalla nada menos que con sir Laurence Olivier, que también dirigió la película. El dinero para la producción y la elección del coprotagonista fue una decisión de Marilyn, llevada por su inquietud de incorporarse de lleno al mundo de la cultura. Olivier constituía todo un referente dado su prestigio interpretativo, muy molesto, por cierto, durante todo el rodaje que muchas opiniones relacionaron con el carácter caprichoso de la actriz, compensadas con otras haciendo referencia a la humillación que el actor/director sentía al verse supeditado, como contratado que era, a las características económicas que le imponía la productora, propiedad de Marilyn. Como quiera que fuera o fuese, lo cierto es que la crítica elogió mucho más el trabajo de ella que el de él, otras veces genial intérprete de Shakespeare. Personalmente opino lo mismo, aunque reconozco que no soy imparcial en mi juicio ya que me confieso un “marilynista” empedernido. Recuerdo que José Rodríguez de la Borbolla, el que fue presidente de la Comunidad Autónoma de Andalucía, tiene en su casa, presidiendo el despacho que comparte con su mujer, una fotografía a grandes dimensiones de Lady Di de la que se confiesa admirador. Cualquier día yo pondré en mi casa una foto, también de tamaño natural, de Marilyn MOnroe.
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Era el año 1957, cuando Marilyn ya había adquirido un prestigio (y una mala fama también debido a sus extravagancias durante los rodajes, su falta de puntualidad, sus ausencias) en los estudios de Hollywood, rodó “El príncipe y la corista”. Marilyn, en contra de tantas y tantas cosas como se han dicho de ella, fue en realidad una gran frustrada con respecto a sus aspiraciones culturales de las que, tantos biógrafos como de la opinión contraria, se han hecho eco. Con motivo del que hubiera sido su 50 cumpleaños, en el programa Informe Semanal de TVE a cuya redacción pertenecía en aquel momento, se me encargó un reportaje sobre ella. Aprecié esas discrepancias entre los que se erigen como conocedores de su personalidad en el proceso de documentación. Me quedo con la opinión de quienes consideran a Norma Jeane Mortenson llena de inquietudes y ansiosa por destacar más por sus cualidades intelectuales que por las físicas. Algo que, a pesar de sus intentos relacionándose con el mundo de la cultura, nunca consiguió. Por lo menos ante la opinión mayoritaria. El público reclamaba su cuerpo y su cara y los productores, ante la petición, era lo que contrataban de ella. No importaba si interpretaba mejor o peor el papel encomendado ni si un personaje, solamente exhibicionista, afectaba a su autoestima. En ese intento por acercarse al terreno de la cultura y tras su enlace con el escritor Arthur Millar, decide hacerse productora para lo que funda la Marilyn Monroe Productions. No se anda con rodeos ni con mediocridades. Escoge una obra del famoso autor teatral Terence Rattigan, “The Prince and the Showgirl” y decide convertirla en película aportando la cantidad que haga falta para que de nada falte. Ella será la corista y el príncipe… “a ver, a ver, ¿quién es el mejor actor del mundo?” se pregunta la rubia platino. “Ya está: Laurence Olivier”. Y ni corta ni perezosa le contrata sin preocuparase de si la cantidad solicitada es lógica o si el actor se ha pasado en base a su fama. “Además, que dirija la película”. Ahí tenéis a todo un icono de la interpretación aceptando órdenes, por lo menos en lo referente a lo económico, de una rubia muy imponente, pero que como intérprete deja mucho que desear, al decir de la opinión casi generalizada. El dólar es el dólar y el estirado Olivier se pone manos a la faena, mirando despectivamente de arriba abajo a su patrona. Su esposa, Vivien Leigh (“Lo que el viento se llevó”), también la miraba pero de otra manera; con desconfianza y con la mosca detrás de la oreja. El genial intérprete de “Ricardo III”, de “Hamlet”, de “Otelo” y de tantos otros papeles dramáticos llenos de dificultad, no pudo, sin embargo, con el talento innato de Marilyn que, además, se enfrentó durante el rodaje a un aborto espotáneo que le causó algún que otro trastorno emocional y la hizo acercase al alcohol. La señora Monroe, con todo ello, y reconocido por la crítica de todo el mundo, le dio un repaso al señor Olivier que estuvo como desinteresado de su papel, lo que no demuestra, precisamente, un exceso de profesionalidad. El trabajo de la Monroe tuvo varios reconocimientos en forma de premio como mejor actriz y muchos de los que opinbaban de un modo empezaron a cambiar su opinión con respecto a ella. No obstante, nunca se produjo el cambio suficiente para que Marilyn fuera reconocida como actriz de talento y ella realizada como tal. Su físico siempre se impuso a todas sus otras cualidades.
Rodar una película como protagonista junto al monstruo de la escena que era Laurence Olivier, y además financiarla, no fue fruto de la casualidad sino de varios años de trabajo y de entrega a las decisiones de productores y directores que muy pocas veces confiaron en su talento. Ella en busca, siempre, de la superación como actriz y como persona. Como quiera que sea, este rodaje es el que se ha escogido para que sirva como eje a la película sobre la vida de Marilyn Monroe.
La ciudad de Los Ángeles vio venir al mundo a la que algunos años después se convertiría en la sex simbol más importante de todos los tiempos. Era el año 1926, el día primero del mes de junio. Las infancias de los famosose, en una gran mayoría, suelen estar cargadas de problemas sociales y familiares que, a juicio de los psicólogos, predisponen a que esas personas se enfrenten a su futuro con más fuerza de lo habitual, lo que les hace merecedores del éxito anteriormente negado. Marilyn no fue un caso aislado.
Hija de padre desconocido tras la ruptura matrimonial de su madre que, no obstante, la impuso el apellido de su ex marido –Baker– con el fin de evitar que se la considerara ilegítima. Al no poder atender su crecimiento ni educación por falta de medios económico fue entregada en adopción a un matrimonio, aunque la recuperó más tarde cuando dispuso de una casa. Poco después, el estado depresivo de la madre la llevó a entregar nuevamente a la niña a la custodia de una amiga que poco después se casaría, dando motivo a que la pequeña Marilyn continuara su itinerario de familia en familia adoptiva. En una de ellas, contando sólo 12 años de edad, padeció abusos sexuales por parte de uno de los miembros. Cuando alcanzó los 16 y ante el temor de ser recluida en un orfanato ya que sus tutores en aquel momento debían trasladarse de Estado, aceptó contrar matrimonio con el hijo de unos vecinos, James Dougherty, algo mayor que ella. Corría el año 1942 cuando se convirtió en esposa y ama de casa abandonando sus estudios. Con el tiempo llegaría a otros estudios de los que se convertiría en reina indiscutible: los de Hollywood. En sus informes escolares siempre se hizo hincapié en su normalidad, en su buen comportamiento y en el buen aprovechamiento en todas las materias menos en matemáticas. O sea: completamente normal con respecto a la mayoría de los habitantes de este planeta. Le gustaba leer y escribir, le gustaba la poesía y le gustaba ser fotografiada para ejercer como modelo, algo que descubrió cuando trabajaba en una fábrica de paracaídas y un fotógrafo realizó un reportaje que trataba sobre las mujeres trabajadoras durante la II Guerra Mundial. Las fotos fueron publicadas en una revista dando comienzo a su profesión como modelo, aunque con la oposición de su marido por lo que optó por pedir la separación para poderse entregar a la que había descubierto como su verdadera vocación. Fue, también, cuando adoptó el rubio platino, por indicación de su representante. Apareció en varias publicaciones que la hicieron llegar al mundo del cine con un pequeño contrato en la Twentieth Century Fox que la bautizó como Marilyn Monroe. Apareció en pequeños papeles que no llegaron a impresionar a nadie, por lo que el contrato no se renovó. Eran 125 dólares semanales que aunque fuera en 1946 no daban para demasiados lujos. Claro que es más que nada. Dos años más tarde se interesó por ella la Columbia Pictures donde se le ofrecieron papeles que, aunque pequeños, tenían algo más de envergadura pero que no alcanzaron a poder descubrir todo el potencial que llevaba en su interior, con lo que tampoco se renovó el contrato cuando finalizó a los seis meses. Fue una precursora del actual trabajo temporal. Su posterior participación en “Amor en conserva” (1949) junto a los hermanos Marx en la que fue su última película, ya fue otra cosa. Su trabajo, aunque breve, llamó la atención de un representante –Johnny Hyde– que se hizo cargo de su carrera consiguiendo que interviniera en “La jungla de asfalto” (1950) y poco después en “Eva al desnudo” consiguiendo una buena acogida por parte del público y la crítica especializada. La Twenty volvió a acogerla en su plantilla, esta vez con un contrato por siete años y una cifra que daba para algo más que comer, pagar el alojamiento y vestirse. Era consciente de su falta de preparación por lo que se matriculó en clases nocturnas de arte y literatura de la Universidad de California. Por el día trabajaba en películas de bajo presupuesto con papeles instrascendentes. “Home Town Story”, “As Young as You Feel” o “Love Nest” fueron algunos de estos títulos en los que siempre aparecía como secretaria. No es aquí, únicamente, donde los directores carecen de originalidad. La diferencia es que por otras latitudes se corrigen con el tiempo y algunos llegan a ser genios mientras que aquí continúan toda su vida con su ignorancia repetitiva. Las excepciones confirman la regla.
En el 52 las perspectivas profesionales dieron un nuevo giro al alternar protagonismo con Barbara Stanwyck, Paul Douglas y Robert Ryan en el drama (que no era su especialidad, precisamente) “Clash by Night”. Las revistas, tanto de cine como de información general empezaron a reservar para ella un lugar en sus páginas. En una de las sesiones fotográficas para ilustrar una entrevista en la revista Life, conoció al popular jugador de beisbol Joe DiMaggio, con el que alcanzó tal grado de compenetración que poco después se darían el “sí” mutuamente y se prometerían el consabido “contigo pan y cebolla” que, como era de suponer, se vio trastocado sin pasar demasiado tiempo. Intervendría también en el reparto de “We’re Not Married” junto a Ginger Rogers y Zsa Zsa Gabor (con sus 93 años uno de los mitos vivientes del Hollywood), “Don’t Bother to Knock” con Richard Widmark y “Me siento rejuvenecer” al lado de Gary Grant y de nuevo Ginger Rogers.
Por fin, 1953 que sería un año decisivo. En primer lugar “Niágara”, con Joseph Cotten y dirigida por Henry Hathaway. (En una visita a las cataratas lo primero que vino a mi memoria, una vez superado el asombro ante tanta grandiosidad, fue una imagen de Marilyn Monroe con un chubasquero amarillo)
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Por otro lado, en el mismo año, “Los caballeros las prefieren rubias” donde alternó auténtico protagonismo y a partes iguales con Jane Russell y en la que Marilyn demostró sus facultades para el musical en “Diamonds Are a Girl’s Best Friends”
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y “Cómo casarse con un millonario” compartiendo un lujoso apartamento con Lauren Bacall y Betty Grable para atraer a él adinerados candidatos a una boda. Gran éxito y excelente recaudación. Pero la guinda en aquel año, fue cuando estaba a punto de concluir. Había por ahí una foto suya, desnuda, exhibiendo los 94-58-92 que la contorneaban y que un editor, Hugh Hefner, había comprado en los tiempos en que no era famosa y reservado para cuando la ocasión lo requiriera. La ocasión llegó con la aparición de la revista Playboy. Marilyn, sin tapujos de ningún tipo, apareció en la portada del primer número con lo que toda América pasó a conocerla en un instante. El instante de depositar la mirada sobre el ejemplar. (Hefner, a sus 84 años, continúa eligiendo a la “chica del mes” de su revista y alborotando a todos sus vecinos con las fiestas constantes, repletas de “conejitas”, que organiza en su domiclio)
A partir de ser publicada su foto y ya con un cierto bagaje interpretativo, las cosas adquieren mayor facilidad. En lo profesional hizo a continuación “Río sin retorno” con Robert Mitchum como compañero de reparto. Incluso se atrevió a rechazar una protagonista junto a Frank Sinatra en un proyecto titulado “The Girl in Pink Tights” por no estar de acuerdo con el salario que la ofrecía. Había llegado el momento en que era ella quien imponía las condiciones.
En 1954 contrajo matrimonio con Joe DiMagio y desde Japón, donde se encontraba la pareja por razones profesionales de él, se trasladó sola a Corea para actuar ante los marines a los que enardeció con sus canciones y su presencia. Los reporteros gráficos siempre detrás de ella.
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A su regreso a Hollywood rodó “Luces de candilejas”, un reconocimiento al mundo de la farándula con música de Irving Berlin que, inexplicablemente no tuvo una gran acogida y menos aún en España donde los musicales no se habían puesto de moda. Un pequeño bache porque a continuación llegó “La tentación vive arriba”, aquella película en la que el aire salido de los respiraderos del Metro levantaba la falda del vestido blanco que lucía la estrella. El numeroso público que presenciaba el rodaje disfrutó lo suyo en aquella toma, con la excepción de DiMagio, que también estaba presente y que se agarró un mosqueo de mucho cuidado. Tanto que entre los dos se organizó una trifulca más que considerable, al decir de quienes la presenciaron, y a las dos semanas estaban divorciados.
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Existe un dato curioso sobre esta escena y es que está rodada en un estudio ya que la que se hizo en plena calle, no fue válida debido sobre todo al inmenso ruido organizado por la gente que presenciaba el rodaje. Un éxito rotundo de Billy Wilder que no sería la última vez que dirigiera a la Monroe. También éxito para la actriz que a partir de entonces vio superado económicamente su contrato, además de participar en los beneficios que produjeran sus películas posteriores entre las que está “Bus stop”. Ella misma eligió quien la dirigiera, responsabilidad que recayó en Joshua Logan (“Camelot”, “South Pacific”, “Sayonara”, “Picnic”, “La leyenda de la ciudad sin nombre”…) quien opinó sobre ella al autobiografiarse que era “una de las actrices más talentosas de todos los tiempos… es realmente brillante”. También coincidieron en elogios los críticos. “Marilyn Monroe se probó a sí misma que es una actriz”, señaló The New York Times tras el estreno de la película. Fue nominada aquel año para el premio Globo de Oro como mejor actriz de comedia, pero no lo consiguió.
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Cuando el éxito crece también la responsabilidad es mayor y Marilyn decidió incorporarse al mundo académico estudiando interpretación con el más famoso de los profesores, Lee Strasberf en el Actors Studio, por cuyas aulas han pasado Marlon Brando, Montgomery Clift, James Dean, Jane Fonda, Julie Harris, Paul Newman, Al Pacino, Lee Remick, Eva Marie Saint, Shelley Winters, Joanne Woodward…, maestros todos en el arte de interpretar. Los profesores, como cuando acudía a la escuela, también hicieron notar las cualidades de Marilyn elogiando su trabajo de fin de curso donde, sobre un escenario, interpretó la obra del premio Nobel Eugene O’Neill “Anna Christie”. Sus dudas y titubeos durante los ensayos desaparecieron por completo en el momento de la representación. Marilyn era pura intuición escénica, lo que no quiere decir que la preparación llegue a sobrar. Fue cuando inició su relación con el dramaturgo Arthur Miller. Una relación que se prolongó durante cinco años, aunque tortuosa en muchos momentos como el autor quiso reflejar en el carácter autodestructivo del personaje que su mujer interpretaba en “Después de la caída”, Con anterioridad hizo el guión, especialmente para Marilyn, de “Vidas rebeldes” donde compartieron estrellato con ella Montgomery Clift y Clark Gable en el que sería su último trabajo.
En el 59 llegaría otro de sus éxitos más sonados, de nuevo a las órdenes de Wilder: “Con faldas y a lo loco”, una película genial donde el director y los intérpretes llegaron a lograr que cada escena fuera mejor que la anterior hasta llegar al sorprendente final en que Jack Lemmon rechaza la oferta de matrimonio por parte de su millonario enamorado, al que descubre su verdadera identidad sin que a éste le importe demasiado: “Nadie es perfecto”.
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Los problemas se sucedieron durante el rodaje ya que, anímicamente, Marilyn no pasaba por uno de sus mejores momentos lo que originó que llegara tarde a los rodajes, que olvidara los textos o que se repitieran planos constantemente para desesperación de Tony Curtis, que hace pocos días, precisamente, dejó este mundo a los 85 años de edad. Seguro que está disfrutando de la compañía de Marilyn con lo que tantos enfrentamientos tuvo en vida. En este rodaje y quizá por la tensión con que lo vivió, la actriz sufrió un nuevo aborto lo que hizo retrasar los planes de trabajo. Todo quedó superado tras el estreno de la película que tuvo cinco nominaciones para el Óscar y a Marilyn le valió un Globo de Oro como mejor actriz de comedia.
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El “multimillonario” Ives Montand se enamoró de ella cuando la escuchó cantar el tema de Cole Porter “My Heart Belongs to Daddy”. Era el papel que hacían una y otro en la película “Let’s Make Love”. Un papel, el de Montand, que habían rechazado Gregory Peck, Cary Grant, Charlton Heston, Yul Brynner y Rock Hudson. Algunos no sé en qué estarían pensando, pero eso que ganó el francés ya que, al parecer, hubo algo más que feeling entre los dos, aunque duró poco tiempo, a espaldas de Simone Signoret casada con Montand.
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Tras el rodaje de “Vidas rebeldes”, un rodaje cargado de situaciones incómodas y dificultades en las que se llegó a tener un médico permanentemente para controlar tanto a Montgomery Clift como a Marilyn. Los amores y las venganzas que Arthur Miller incluyó en el guión fueron como una especie de maldición para la película que fue la última en la que trabajó Clark Gable ya que moriría unos días después de finalizar el rodaje. También fue la última para Marilyn, muy elogiada por la crítica como actriz y el mismo director –John Huston– señaló que “Marilyn excavó dentro de sus propias experiencias personales para sacar a la superficie algo único y extraordinario. No tenía técnica de actuación. Era todo verdad, era sólo ella”. Algo de lo que, a lo largo de su carrera, muy pocas personas se dieron cuenta: de su intuición. Había nacido para ser actriz, más de comedia que dramática. Su estado anímico iba de mal en peor y se refugiaba en los fármacos y en el alcohol para poder concentrarse y poder dormir. Al terminar el rodaje anunció su separación de Arthur Miller. Marilyn llegó a hundirse lo que llevó a tener que ser ingesada en un psiquiátrico para someterse a tratamiento. Muy poco tiempo, que ella calificó de “pesadilla” ya que DiMagio la trasladó a un hospital normal. Estaba sola, como siempre lo estuvo a lo largo de su vida, aunque pareciera rodeada de éxito. Entre sus contadas amistades, los hermanos Kennedy con los que, al decir de la chismología de la época, había algo más que amistad. Con John y con Robert. Allá cada uno de los tres. Fue por entonces, en mayo del 62, cuando se produjo aquella felicitación al ya Presidente de los Estados Unidos que dio la vuelta al mundo. Una felicitación intimista, aunque fuera en público, con motivo de su 45 cumpleaños, en la que lució un vestido tan ceñido que apenas la permitía andar. El Presidente, feliz.
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A pesar de todos los problemas que era capaz de originar durante un rodaje, lo cierto es que el público acudía a ver sus películas, y a las productoras de cine es lo que les importa. Es por ello que le tenían ofrecido protagonizar un film sobre la vida de Jean Harlow que después haría Caroll Baker, “Irma la dulce” que encarnaría Shirley MacLaine y “Kiss Me, Stupid” que le sería ofrecida a Kim Novak. En todas ellas a millón de dólares por título, participación en los beneficios y libertad para elegir director y coprotagonistas. Pero la vida no le permitió llegar a disfrutar más, suponiendo que alguna vez hubiera llegado a disfrutar verdaderamente, de su privilegiada posición en el mundo del celuloide. El 5 de agosto de 1962, tres meses después de aquel glamuroso cumpleaños presidencial, Marilyn Monroe era descubierta sin vida en su domicilio. Junto a ella el teléfono descolgado y restos de medicamentos. La autopsia señaló que había muerto a las 5 de la madrugada, víctima de una sobredosis de barbitúricos. El informe policial lo calificó como “posible suicidio”, pero las verdaderas razones nunca han llegado a aclararse. Se hablo, efectivamente, de suicidio, de acción involuntaria en la ingestión de fármacos, pero también de crimen mafioso en el que los hermanos Kennedy hubieran tenido algo que ver. Todo hipótesis. La verdad no ha llegado al público que, casi de forma general, era admirador de Marilyn Monroe. ¿Por qué hablar en pasado? Seguimos admirando a Marilyn Monroe.












