Cuando las familias son numerosas surge el problema de qué hacer con los hijos, a qué dedicarles, qué maneras posibles de enfocarles en la vida. De ahí que con frecuencia surjan grupos musicales que solucionan esta situación ya que siempre representa un atractivo ver en un escenario cantando a los distintos miembros de una familia. De antemano ya constituye una especie de atracción, más aún si lo hacen bien. El caso más difundido quizá sea el de la Familia Trap que, incluso, se llevó al cine narrando los avatares de esta familia austriaca tras la invasión nazi y su posterior traslado a los Estados Unidos.
http://www.youtube.com/watch?v=BFCM2VUTS_k
Es el caso, entre muchísimos ejemplos, de la familia Jackson con la que se inició Michael cuando eran los Jackson Five. Cuando todavía no había pasado por su imaginación convertirse en blanco.
http://www.youtube.com/watch?v=MYx3BR2aJA4
Si la familia es algo más que numerosa, según las cifras que más o menos consideramos como tal, y la cantidad de hijos se eleva la cosa se complica. Llegar hasta 22 hijos tendría una solución formando dos equipos de fútbol que compitieran entre sí y ofreciéndose a los empresarios como espectáculo, pero no es fácil alcanzar semejante descendencia. Estuvieron a punto de conseguirlo los progenitores de María Cristina del Pino que tuvieron 19 vástagos, aunque sólo supervivieron siete de ellos. Todos adoptaron la profesión paterna: el circo, y María Cristina del Pino, la más pequeña, no podía ser menos. En las pistas se presentaba como Pinito del Oro y así lo hizo hasta 1970, hace ahora 40 años y casi 80 de su nacimiento, en que decidió su retirada de ellas. Los más jóvenes, por tanto, no la recuerdan, pero fue la gran estrella del trapecio. Una especie de ángel que logró lo que el hombre siempre ha soñado: volar. Sobre el trapecio era como si la ley de la gravedad no existiera. Además, sin red debajo que la protegiera. El “más difícil todavía” circense.
Nació en el circo y en él se crió, pero no era la aspiración de su madre que se dedicara profesionalmente a él, como su marido y el resto de sus hijos. Fue el planteamiento familiar cuando llegó al mundo el 7 de noviembre de 1931 en Las Palmas de Gran Canaria. “Ésta que no sea artista. Esta última me la reservas para mí”, fue la petición materna. Pero no era ése el destino que aguardaba a la recién nacida. Vivió su infancia de escuela en escuela, según el itinerario del circo paterno, con lo que nunca profundizó en los estudios. Su mundo era el de las lentejuelas, las écuyères, los payasos, los viejos elefantes, los tigres, los ilusionistas, los malabaristas, los prestidigitadores, los enanos, los funambulistas, la mujer barbuda y la forzuda, los levantadores de pesas, los músicos de charanga a ritmo de marcha americana… y los trapecistas. Ella lo veía con ojos infantiles, admiraba a sus compañeros y hermanos y en ocasiones hasta se atrevía a hacer equilibrios sobre el alambre, aunque sin demostrar una extraordinaria actitud para ello. Nada más, ninguna aspiración bajo la lona; su lugar estaba junto a su madre.
Pero el designio de las personas es inescrutable. La troupe Segura (es el primer apellido de la artista y por tanto el del padre) viajaba una noche desde Cádiz hasta Sevilla para actuar en la Feria de la capital andaluza. Había llovido y el vehículo en que viajaba su hermana Esther, la trapecista del espectáculo, tuvo un accidente que la ocasionó la muerte. “El espectáculo debe continuar”, es la frase determinante en estos casos en los que tantas y tantas veces se ha visto involucrado algún artista y muchas más hemos escuchado repetido en infinidad de películas: “The show must go on”. El padre no se lo pensó dos veces y mandó a su hija subirse al trapecio, aunque sin confiar demasiado en sus dotes ni posibilidades. “Por mala que seas no serás peor que en el alambre”, la animó. Pero se equivocó. En aquella primera función sobre el trapecio nació Pinito del Oro y en aquella fecha dejó de existir su madre, víctima de una subida de glucosa, con lo que nunca alcanzó a ver volar a su hija, ni llegó a conocer el prestigio que alcanzó dentro de la profesión y en la misma historia universal del circo.
Actuando en Valencia presenció su actuación el representante para Europa del más importante de todos los circos, el Ringling Bross, y la ofreció un contrato para trabajar en América, pero la joven trapecista se encontró con el problema de que era menor de edad. La solución la encontró contrayendo matrimonio. Su marido fue, desde entonces, quien desde el suelo cuidó sus “vuelos” y sujetó la escala del trapecio, cosa que hizo hasta la disolución del matrimonio, veinte años después. Sin embargo, y a pesar de la atención, no pudo evitar que en tres ocasiones –en Huelva, en Suecia y en Laredo– las manos, las fuertes manos, de Pinito no lograran asirse al trapecio y su cuerpo se estrellara contra el suelo. Múltiples fracturas en las manos y en el cráneo que a punto estuvieron de costarle la vida. En las tres ocasiones, tras salir del coma, Pinito volvió al trapecio como los toreros después de una cornada. Sin ningún miedo, como reconoce la canaria: “¿Miedo? Nooo. No se puede tener miedo allí arriba; si lo tuvieras no podrías trabajar”. Reconoce, igualmente, que en Laredo fue víctima de una “borrachera” de éxito que la hizo volar más de la cuenta: “El público gritaba entusiasmado ‘viva la madre que te parió’ y me envalentoné, subí más y más, haciéndolo hacia delante que es más difícil, hasta tocar la lona del techo con las manos y…”
Ella, al no padecer ese miedo que a otros ha impedido alcanzar la gloria, trabajó y trabajó aumentando cada vez más su popularidad y mejorando su técnica y arte. Nunca le faltaron los contratos y la competencia de los distintos circos por conseguirlos. En todo el mundo y a lo largo y ancho de él fue reconocida con los premios más importantes destinados a las estrellas del “mayor espectáculo del mundo”. Tanto éxito le hizo merecedora del Premio Internacional del Circo en 1960, un equivalente del Óscar cinematográfico. Hasta por el cine fue reclamada a través del prestigioso Cecil B. de Mille.
Algunas de las ventajas que tiene el haber cumplido años es que hemos sido testigos de grandes y sobre todo irrepetibles acontecimientos. Entre los míos está el haber visto y admirado varias veces a Pinito del Oro haciendo cosas inverosímiles en el trapecio. Sujeta, levemente, a él con los pies, o con la cabeza, o con solo una pata de una silla, incluso salirse del trapecio y quedar como suspendida en el aire. Coincido con que el circo es “el mayor espectáculo del mundo” y a él he acudido y acudo siempre que se presenta la ocasión. Los más grandes y los más pequeños que recorren pueblos. Donde los artistas –sí, artistas– son quienes levantan la carpa en una pequeña aldea por la mañana para por la tarde actuar, y la recogen al día siguiente porque la población del lugar en cuestión no da para más. Donde los artistas –sí, artistas– pasan por los mismos problemas (muchas veces más) que el resto del mundo; sufren, lloran, enferman, pero nunca se les nota en el momento de actuar. Ni siquiera en los casos donde la concentración es tan necesaria como cuando están sobre un trapecio separado 15 metros del suelo. O es preciso que ninguna pieza del juego malabar se desnivele; o que los reflejos no permitan fijar toda la atención en los zarpazos de un león por muy acostumbrado que éste esté a los chasquidos del látigo; o que una mala pisada sobre el alambre haga perder el equilibrio; o, lo que es peor, que los niños no rían con las ocurrencias de los payasos ocultos bajo las máscaras de un grotesco maquillaje. ¿Alguno de nosotros, después de tener un mal día o un disgusto, podemos atender nuestras obligaciones convenientemente? La gente del circo sí puede. Son de una raza especial. En ella no influyen los caracteres que tipifican a una nacionalidad. Rusos, alemanes, holandeses, austriacos, chinos, franceses, americanos, griegos, italianos, japoneses, africanos, checos, rumanos o españoles conviven a diario y bajo los focos en una auténtica comunión sólo posible debido a la sangre común que corre por sus venas que es la del circo.
España ha sido pródiga en artistas circenses. Ahí está la universalidad del catalán Charlie Rivel (1896-1983) cuyas actuaciones también tuve la suerte de presenciar y escuchar su famoso sollozo: “auuuuuhhhhhh”. Surgió casualmente cuando al comenzar una actuación un niño del público rompió a llorar. El payaso se acercó a él para consolarle sin conseguirlo por lo que decidió imitarle sollozando con gran estruendo y provocando, con ello, la risa colectiva. El niño, al comprobar que aquel personaje vestido de rojo, que en principio le asustaba con aquella gran bola en la nariz, empleaba su mismo idioma optó por calmarse y amigarse con el payaso al que dio su chupete. Hoy, es una de las piezas conservadas en el museo dedicado a Charlie Rivel en su localidad natal, Cubelles (Barcelona)
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O los no menos famosos Hermanos Tonetti (Pepe y Manolo) quienes a pesar de lo italianizado del nombre artístico eran santanderinos. Un claro ejemplo de la tragedia que tantas veces ronda en el mundo del circo. Manolo, el menor, se suicidó en 1983 víctima de una depresión. Pero hasta el último momento ejerció su profesión de hacer reír. Por lo tanto, merecido el homenaje en forma de monumento levantado en memoria de estos dos payasos.
http://www.youtube.com/watch?v=CGIHXw6l91c
Merecido, igualmente, el recuerdo memorístico para aquellos Emi, Goty, Cañamón, Pompoff, Thedy, Zampabollos, Nabucodonosor, Nabucodonosorcito y sus herederos en la profesión Gaby, Fofo, Miliky y la descendencia de éstos que, en la televisión y en distintos circos, continúan la tradición familiar de pintarse la cara para ganarse la vida, iniciada en el siglo XIX. Porque la continuidad de la familia en el circo, en cualquiera de las especialidades artísticas, es una tradición muy extendida. Quizá porque la gente que se dedica a esta profesión, en su ir y venir constante, apenas tiene ocasión de conocer otros ambientes ni formarse en otra actividad lo que, por otra parte, les lleva a una constante superación de sus mayores. Así, cuando el padre trapecista ha logrado una doble vuelta mortal en el aire, el hijo la consigue hacer triple y el nieto gira sobre sí mismo tres veces y media.
De las andanzas, venturas y desventuras, amores y desamores de Ángel Cristo –hoy felizmente recuperado para la pista del circo– todos tenemos conocimiento y cada uno tendrá formada su opinión al respecto, pero nadie pone en duda su capacidad en la labor de domar leones que, por muy domados que estén, siempre conservan su instinto de fiereza selvática. El circo moderno rechaza este tipo de actuaciones con animales para centrarse en otras disciplinas puestas de moda por el Circo del Sol. No pongo ningún reparo y elogio el trabajo disciplinado de sus componentes, pero prefiero el tradicional ya que es el que conocí desde pequeño.
http://www.youtube.com/watch?v=GXDCWnM41p4
En Madrid existe un Club de Payasos Españoles y Artistas de Circo que no conozco y que algún día visitaré. Me lo he prometido a mí mismo y será una de las tareas que me imponga entre los propósitos de estos primeros de año, Es una idea que me atrae, el conocer a estas personas que han entregados sus vidas para hacer felices la de los demás, empezando por los más pequeños. Siempre que he visitado un circo por dentro, para realizar algún reportaje, he estado tentado de ofrecer mi colaboración al director, aunque sólo fuera para ayudar a levantar la carpa y acomodar al público, con el único propósito de vivir interiormente la vida del circo. La última tentación fue hace unos días, cuando un circo que, como muchos, se titulaba Americano, se instaló en la localidad donde vivo. Me quedé con las ganas. Como me quedé con las mismas poco antes de que mi amigo José María, uno de los propietarios del Gran Circo Mundial, falleciera en un accidente de automóvil. La tragedia ronda con frecuencia el ambiente circense. Quizá sea igual que en todos los ambientes pero nos parece más aguda cuando, como es el caso, la alegría se tiene que imponer a ella forzosamente.
Recordemos también a quien fue la gran competidora de Pinito en las alturas. Las alturas del trapecio y de la fama: Miss Mara. Esta gaditana, aunque de orígenes griegos y rumanos, también desciende del mundo del circo desde varias generaciones. El caso más inmediato es el de su padre, sus tíos y sus siete hermanos que triunfaron internacionalmente como Los Tonitos. En una de sus varias caídas, actuando en el Ringling, se rompió varias vértebras lo que hizo suponer a los médicos que sus días transcurrirían en una silla de ruedas. El que su médula no resultara afectada y su gran fuerza de voluntad hicieron posible su retorno a la pista que hizo en el Madison Square Garden de Nueva York, en una sesión televisada para millones de espectadores. Tampoco ella aceptaba la red y en varios países donde estaba establecido su uso tuvo que firmar documentos responsabilizándose personalmente de cualquier accidente que pudiera padecer por no servirse de ella.
Volviendo a la protagonista del post –Pinito del Oro– digamos que desde su retirada vive en sus Islas Canarias, rodeada de los suyos y padeciendo las secuelas de sus accidentes laborales. Sus pies han tenido que ser operados debido a la tensión ejercida por ellos sobre el trapecio. Sus sueños se centran en aquellos momentos de gloria, cuando en sus llegadas a Madrid era tumultuosamente recibida, cuando aparecía en las portadas de las revistas internacionales; incluso cuando en la prensa española eran retocadas sus fotografías sobre el trapecio a causa de la pequeñez de su maillot y lo grande que éste llevaba el escote. Su trapecio duerme hoy bajo su cama. Escribe, como hizo siempre ya que es una afición de infancia. Como lo hizo en aquellos “Cuentos de circo” que alcanzaron un aceptable éxito de lectores. El nomadismo en la carretera, el vivir en ella en un viaje constante quedó atrás y hoy, sus salidas apenas llegan hasta el bingo cercano a su casa donde pasa alguna que otra tarde. Vive de los recuerdos de, cuando era toda una estrella, que es como nosotros también la recordamos.












