Hoy, víspera de Todos los Santos, que es cuando me he puesto a escribir el “post” de Mayormente,se me ha vuelto a olvidar que a partir de media tarde, desde que oscurece, no se puede estar en casa para no tener que estar abriendo la puerta a cada momento. La razón es que se celebra (¿…?) Halloween y como en mi infancia no existía esa celebración no tengo conciencia de la fecha y de ahí que no la tenga presente. Consecuencia: una llamada permanente al timbre y un constante levantarse del sillón para ir a abrir. Así que este post está escrito a tirones que, en muchos casos, ni siquiera completan una frase.
Niños y no tan niños, a los que no conozco de nada. Niños por centenares y no es broma. Todos los de la urbanización y los de las urbanizaciones vecinas, y los de todo el pueblo. Todos han decidido ir llamando puerta por puerta, disfrazados de esqueletos, calaveras, personajes de terror, todos de negro, para pedir caramelos. En eso consiste toda la gracia; la diversión de ellos y el malestar de quien tiene que estar abriendo la puerta constantemente ya que puede darse la circunstancia de que el timbrazo corresponda realmente a una visita. No hay villancicos, como en Navidad, en que sucede lo mismo pero te amenizan con panderetas y zambombas. Ni siquiera te cantan lo de “rascayú, rascayú, cuando mueras serás tú, un cadáver nada más…” aquella canción que cantaba Bonet de San Pedro allá por los cincuenta y que en este caso tendría un sentido recordarla. Nada, se quedan parados cuando les abres dando por hecho que eres consciente de su pretensión y como mucho, si les preguntas, te piden directamente chuches. Ya digo: una bobada importante sin gracia y sin, siquiera, la espontaneidad infantil que en otros casos se manifiesta y que aquí se muestra generalizada, igual para todos.
- Anda, mamá, déjame ir a pedir, es que van todos mis amigos.
Y la mamá, que es muy moderna y por eso censura todo lo habido y por haber respecto a la sociedad norteamericana, pues les deja que vayan a pedir golosinas y que se atiborren de ellas sin pensar que esa celebración, o lo que sea, es tan americana como los jeans con que viste a sus hijos, las hamburguesas con que los ceba todos los viernes en el burger y la bebida de cola que sus infantes degluten por litros.
Es la evolución de los tiempos y la pérdida de unas costumbres para adoptar otras y como Ramón Calvo, desde su post, ya se refirió a este tema la semana pasada, pues no voy a insistir. Aquí, con memoria histórica y sin ella, nuestra cultura establece que el uno y el dos de noviembre están dedicados a todos los Santos y a los difuntos. Como en tantos aspectos, unas costumbres no son mejores ni peores que otras, pero lo lógico es que cada uno defienda sus tradiciones.
Entre las nuestras, además de ese recordatorio para quienes nos han precedido en la muerte y para los que en vida se ganaron la santidad sin tener una fecha propia en el calendario litúrgico, está una que, a duras penas se mantiene ya que, como manifestaba al principio, otras costumbres foráneas se han ido adueñando de la situación para anular las que durante tanto tiempo nos han caracterizado. Por ejemplo, la costumbre de montar en todas las capitales y poblaciones donde hubiera un escenario el drama de Zorrilla Don Juan Tenorio. En Madrid la he visto representar en tres teatros distintos durante las mismas fechas. Y un año tras otro, por distintos intérpretes que han aportado lo mejor de cada uno para satisfacer a un público que, con gran inconveniente para los actores, conoce el texto de Zorrilla de memoria. Ya apenas se hacen Tenorios y no cabe, por tanto, la comparación entre Rafael Rivelles, Carlos Lemos, Francisco Rabal, Ismael Merlo, Pedro Osinaga o Carlos Larrañaga, por ejemplo.
Ni se representan por la radio, como hace años ocurría, de forma invariable, la víspera del primero de noviembre. En todas las emisoras que contaban con cuadro de actores, pero de una manera especial en Radio Madrid con Pedro Pablo Ayuso, Eduardo Lacueva, Rafael Taibo o Teófilo Martínez que eran las voces titulares para casi todos los protagonistas radiofónicos. Tampoco se representa en televisión porque quitaría espacio a los cotilleos y la rentabilidad que proporcionan a la emisora.
Don Juan, por el planteamiento que hace de su vida y las causas que le conducen a la muerte es el personaje elegido por muchos autores para exponer sus teorías respecto al perdón divino. Tirso de Molina, Moliere, Da Ponte y otros muchos escogieron a este protagonista, pero fue Zorrilla el que adquirido mayor popularidad, al igual que Mozart en su versión operística.
Cambiando de tema, hay otra costumbre que sí se mantiene viva. Me refiero ahora al aspecto gastronómico que va unido a esta celebración y que tiene, cuando menos, una denominación macabra: huesos de santo. Ellos, junto a los buñuelos y algunos otras especialidades según las provincias, proporcionan disfrute a los paladares de los que seguimos aquí lo que, posiblemente, sea el origen del conocido dicho: “… y el vivo al bollo”.












