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Cabecera Me Viene A La Memoria

NOS DEJÓ UNA ESCRITORA

Para Larra, el escritor y periodista del romanticismo de cuyo nacimiento se acaban de cumplir 200 años, “escribir en España era llorar”. Para Corín Tellado era vivir. Y escribiendo la ha sorprendido esa tía fea de la guadaña. Tan sólo unos días después de que entregara su último original. Escritora hasta el último momento. Escritora por mucho que algunos pudieran negarla el pan y la sal. Pero escritora que son esas señoras y señores que se dedican a poner una palabra detrás de otra, dándoles sentido, y que posteriormente esas palabras escritas en negro se imprimen sobre blanco dando origen a un libro. Si sólo publican son escritores, pero si además se venden sus libros, son escritores de éxito. De esa especie se dan pocos casos, pero uno de ellos ha sido durante muchos años, concretamente desde 1946 en que apareció publicada su primera novela, ‘Atrevida apuesta’, María del Socorro Tellado, conocida en todo el mundo de habla hispana como Corín Tellado. De Socorro, Socorrin y de ahí Corín en disminuciones del dulce acento asturiano.
 
¿O no supone ser conocido el haber vendido más de 400 millones de ejemplares de sus 4.000 títulos escritos? ¿No lo es que el Libro Guinnes de los Records la tenga incluída como la autora más vendida en lengua castellana? Sólo Cervantes la ha superado.
 
Entre esos millones de lectores, tanto en versiones originales como en las numerosas traducciones que se han hecho de sus novelas, el público que las consume es habitualmente el de esa sociedad que se identifica o desearía hacerlo con los personajes que las protagonizan. Sobre todo con las experiencias narradas por la autora. Historias de amor, pero también desamor. Como en la vida misma. Normalmente el protagonismo de sus novelas recae en la mujer, mujeres de nuestros días en las producciones recientes, pero avanzadas para su tiempo las que protagonizaron los primeros títulos participando de historia románticas, pasiones, aventuras eróticas o rupturas matrimoniales. Ello supuso, por entonces, un enfrentamiento continuo con la censura que negaba para los libros lo que abundaba en la sociedad, aunque se pretendiera el silencio. Hoy, afortunadamente, el ‘que dirán’ ya empieza a formar parte del pasado aunque la situación continúa siendo manifiestamente mejorable.
 
También era mejorable la calidad literaria de Corín a juicio de muchos críticos, aunque un público mayoritario no lo aceptara porque lo único que pretenden frente a un libro es pasar unas horas de entretenimiento, de evasión. Sin embargo también, otros especialistas de las letras no han dudado en reconocer el mérito de su obra. Uno de nuestros premio Cervantes de Literatura, Guillermo Cabrera Infante, no encontró una comparación para la escritora que Sor Juana Inés de la Cruz, llegando a manifestar que leer a la Tellado supuso una influencia decisiva en su carrera de escritor. Tampoco ha escatimado los elogios el Nobel Mario Vargas Llosa quien considera que quedará como muestra de un fenómeno sociocultural tras hacer soñar a millones de mujeres de España y América Latina. Porque en ambos lados era un ídolo para las mujeres. Y ¿qué hay de malo en soñar, aunque sea despierto?
 
Yo añadiría que también hombres que, aunque lo nieguen, también recurren a las publicaciones femeninas “porque la revista estaba encima de la mesa de casa y… para pasar el rato”, “me he enterado porque esa revista estaba en la peluquería, pero, vamos, yo…” Falsos. En la mili yo recuerdo que las novelas de Corín Tellado daban la vuelta hasta desencuadernarse una vez leídas por toda la soldadesca. “Cuando termines me la pasas, que no tengo nada que leer”. Y así, de mano en mano, comentando, quizá, desde aquellos veinte años y la sangre ardiendo, los besos de los protagonistas con los que según la propia autora aprendió ella a besar. 
 
Sin embargo, al margen de la discutida calidad, lo que personalmente más admiro de Corín Tellado a quien conocí cuando publicaba en Rollán, es su condición de trabajadora, de luchadora en la vida. Una mujer fuerte, de carácter, como tantos de sus personajes, aunque le tocó vivir situaciones diferentes en lo personal. La Administración también se lo reconoció cuando la concedió la Medalla del Mérito al Trabajo. Se enfrentó a situaciones difíciles en su ámbito familiar, también en el laboral con problemas editoriales y lo hizo, sin amilanarse, cuando tuvo que enfrentarse a la enfermedad. En los últimos años debía someterse tres veces por semana a sesiones de diálisis. Y seguía trabajando. Primero con su inseparable máquina de escribir en cuya tipografía depositaba toda su imaginación. Nunca utilizó el ordenador aunque sus personajes sí lo hacían, sabía lo que era y para lo que servía, pero era fiel a la máquina. Cuando las fuerzas le flaquearon continuó su trabajo transmitiendo su inventiva y eran otros los que ponían negro sobre blanco según ella dictaba. Tres días antes de fallecer, con los ochenta ampliamente traspasados, entregó su último original para ser publicado.
 
Dejémonos de posturas. Los escritores escriben y publican para vender y si es posible para ser leídos. Corín Tellado consiguió las dos cosas. Descanse en paz.

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