En la localidad donde resido, una ciudad-dormitorio en las cercanías de Madrid, hay dos cafeterías donde no se permite fumar; casualmente las dos del mismo propietario. Hace unos días, tomando café en una de las dos, recientemente inaugurada, me fije en el letrero que lo indicaba e inmediatamente surgió en mí el deseo de echar humo, de aspirar nicotina y alquitrán. Fue la reacción contra la prohibición. Salí del establecimiento, compré un paquete en el bar de al lado y fumé con ansiedad a la vez que degustaba un segundo café en otro establecimiento. La prohibición fue lo que me impulsó, cuando resulta que no soy ningún fanático del tabaco y pueden pasar las horas y los días sin tener necesidad de él. Por si acaso, he decidido no volver a ese establecimiento porque tengo el mismo derecho a ello que sus propietarios a ejercer la prohibición que en otros sitios no se hace. No se trata de que el fumador se imponga ante el que no tiene esa costumbre adquirida, pero tampoco al contrario si aquél no llega a molestar. Porque el fumador suele controlar las situaciones y no se le ocurre encender un cigarro en un hospital ni en un restaurante si no es en el espacio acotado para él sin que afecte al resto de clientes. Por lo general, con las excepciones de siempre, el no fumador que protesta es un advenedizo, un converso, del tabaco, un influenciado por las campañas antitabáquicas, carente de opinión propia. En muy pocas ocasiones las quejas llegan de algún enfermo verdadero, un asmático, por ejemplo que, como mucho, te hace saber de su enfermedad y te pide por favor que eches el humo para otro lado; ni siquiera plantea el que no fumes. Así y todo, la opinión de cualquiera que no fume es muy respetable, pero también lo es la del que fuma siempre que con su actitud no moleste ni perjudique a nadie. Sea un convencido del no fumar, un enfermo o un simple imitador de la costumbre ahora puesta de moda por los protectores del oxígeno. Porque de los peligros que entraña el tabaco, el fumador adulto es consciente y allá él con las amenazas bronquíticas, pulmonares, cardiacas, etc. Y hasta con las económicas, dado el precio de cada cajetilla.
Porque se trata de una moda como hace años, en nuestra adolescencia, fue el fumar. Entonces constituía todo un comportamiento social al que accedimos por mimetismo con otros adolescentes a los que considerábamos triunfadores, incluso con nuestros propios padres (el mío, agonizando en una UVI, pidió un cigarro) o con los galanes de las películas que veíamos. Este aspecto es el que hoy, sobre todo, me ha venido a la memoria. Recuerdo a todos los protagonistas de las películas fumando cosa que hoy, si es que ocurre, es un gesto que sólo se reserva para el ‘malo’ de la película. ¿Las escenas en que Humphrey Bogart enamoraba a Lauren Bacall (otra gran fumadora) no lo hacía envuelto en una nube de humo? ¿No se nos mostraba James Dean con un cigarrillo entre los dedos o en los labios tanto en su vida privada como enamorando a Elizabeth Taylor o Pier Angeli? Ellos dominaban el arte de la conquista, eran nuestros ídolos, por lo tanto había que imitarles.
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Como ellos muchos, podría decirse que todos los héroes y heroínas de las películas. Los ya citados Humphrey Bogart y James Dean, fumadores empedernidos igual que Silvester Stallone (‘Rambo’), Patrik Swayze (‘Dirty Dancing’, ‘Ghost’), Bruce Willis (‘El sexto sentido’), Sean Penn, consumidor de cuatro cajetillas diarias (‘El clan de los irlandeses’), Arnold Swarzsenager (‘Terminator’, ‘Conan’), Steve McQueen (’La gran evasión’), Orson Welles (‘El tercer hombre’, ‘Ciudadano Kane’, o ‘Campanadas a medianoche’) A los políticos les da más la afición por el puro que proporciona como más importancia. Ahí están, por ejemplo Winston Churchill o el ‘Ché’, siempre con el puro en la boca que, según los entendidos es menos perjudicial que el cigarrillo por no contener aditivos. También está la pipa, aunque es más propia de detectives y de Popeye, o de de Sigmund Freud que demostró lo fácil que es quitarse de fumar ya que él lo hizo infinidad de veces a lo largo de su vida. A otros, como Donald Sutherland, alejados del tabaco en su vida privada, les hemos visto fumar en el cine ‘por exigencias del guión. Y entre ellas, las actrices. Haciendo memoria rápida me acuerdo de los habanos de Sara Montiel, de Audrey Hepburn, gran fumadora en la vida real y sin la boquilla que utilizaba en ‘Desayuno con diamantes’, una boquilla como la de Cruela de Vil que, en su personaje, aparecía con ella para parecer mas villana en su persecución a los ‘101 dálmatas’; ¿o no resultaba seductora Sharon Stone en ‘Instinto básico’ o Rita Hayworth (‘Gilda’) cuando fumaba, que además de en las películas era toda una embajadora de las compañías tabaqueras? Bueno, a la Hayworth ni siquiera le hacía falta fumar para seducir, con quitarse un guante era suficiente. Claro que eso la supuso ganarse una bofetada de Glenn Ford ya que por aquel entonces no estaba bien visto el streeptease de brazo ni que las mujeres fumaran. Ahora están igualados los dos sexos, que para eso sirven los ministerios de lo mismo, excepto en Suecia donde las mujeres fumadoras aventajan en número a los hombres.
http://www.youtube.com/watch?v=7A-e7UnTa2k
Ellas, tanto las artistas como las amigas que teníamos en los guateques, se dejaban impresionar más fácilmente por quienes fumaban que, al parecer, demostraban así un signo de hombría, con lo que se tenía mucho camino recorrido para alcanzar la meta deseada. ¡Cualquiera se manifestaba abstemio al tabaco! Las chicas te rechazaban. En la habitación habilitada para el guateque apenas se podía respirar y la atmósfera era tan densa que casi se podía cortar con un cuchillo. Todo a base de primeros cigarrillos. Estábamos deseando que aquello terminara para poder respirar en la calle, pero había que mantener el tipo aunque nos costara volver a casa mareados. Hoy hubiera dado igual porque en la calle la atmósfera no varía demasiado debido a la contaminación automovilística, aunque para ella no existan protestas tan agresivas como para los fumadores. ‘Oiga, pare el motor de su autobús que no puedo respirar’. ‘Oiga, apague su calefacción que mire el humo que sale por la chimenea de su casa, que apenas deja ver’. Del mismo modo que podríamos exigir la desaparición de determinados perfumes femeninos que nos impiden una buena ventilación pulmonar, o la ausencia de perfumes sustituida por el desodorante que abandonó su función al entrar en el metro, o del abuso de laca con sus perjuicios para la capa de ozono, o de los pesticidas en la agricultura, o los aditivos en los alimentos. Eso por no hablar de la contaminación perruna que todos los propietarios dicen recoger pero que ahí está, bien visible excepto para quien la pisa. Y de la contaminación acústica ni hablemos. No, las únicas protestas –porque los otros casos son en nombre de la calidad de vida– son para los ‘apestados’ fumadores de los que se huye como en los tiempos de Ben Hur se huía de los leprosos.
La cosa no es reciente, la de fumar, porque de una u otra forma, con unos u otros productos y artilugios, esta costumbre se remonta nada menos que a 5000 años antes de la era cristiana en diferentes culturas. El auge, no obstante y concretamente el tabaco, surgió tras la conquista de América y la costumbre de fumarlo se extendió rápidamente a Europa dando comienzo a un nuevo comportamiento social. En la India y en África ya se conocían otros productos como el cannabis. Esa implantación se hizo –y sigue siendo masiva– en el Mediterráneo, estando a la cabeza los griegos que al año consumen de media 3.000 cigarrillos por persona. Con el consumo surgió también la industria, una potentísima y poderosa industria mundial que, a pesar de todas las limitaciones, continúa percibiendo interesantes beneficios ya que el tabaco está mal visto que se fume pero no que se comercialice, con los correspondientes impuestos añadidos, que eso sí que es un cáncer. Mal visto ahora que no hace unos años, mucho menos en los ‘felices 20’ cuando además de cantar todas sus virtudes placenteras, fumar suponía toda una provocación.
http://www.youtube.com/watch?v=Z4tr4-hxNjk
Fumar era tan común que hasta en muchos espectáculos estaba permitido. Recuerdo haber visto en teatros londinenses ‘Jesucristo Superstar’ o ‘Hair’ saboreando tabaco inglés. También en muchas sesiones de circo y por supuesto en los toros donde el puro debían facilitarlo con la entrada porque es lo que completa la tarde, sobre todo si los toreros y los toros han cumplido. Y si no, por lo menos hemos saboreado un puro y el vecino de asiento, conocedor de la tradición, no protesta. Es como las bodas. Ahora también se pretende que en las bodas no se fume cuando una boda sin puros ni es boda ni es nada. ¿Qué misión tiene el padrino si no es repartir puros entre los invitados?
Se ataca mucho al tabaco pero no se tienen en cuenta muchas de sus ventajas. Sirve para quedar bien y elegantemente por poco dinero ofreciendo un cigarro –‘¿fumas?’ – y para iniciar una conversación –‘¿me das fuego, por favor?’– también para conocer mejor a los que te rodean que fuman pero no compran –‘es que lo estoy dejando (nunca terminan la frase que es ‘dejando de ir al estanco’– y para muchos ha sido la disculpa para marcharse de casa –‘voy a por tabaco’– cuando el verdadero fumador lo que hace es comprarlo antes de recluirse en el domicilio o tener reservas, y desde luego también es motivo de satisfacción para muchas mujeres que agradecen enormemente que su marido fuese fumador –‘dijo que iba a por tabaco y no ha vuelto; hace catorce años’– Sea como sea lo cierto es que quien ha adquirido el hábito, de muy pocas maneras se le podrá quitar; ni siquiera con esa propaganda que incluyen en algunos paquetes: ‘fumar mata lentamente’ porque siempre está el ocurrente que responde ‘me da igual, yo no tengo prisa’. Tampoco sirve la declaración de quien dice haberlo dejado porque no suele ser del todo cierta. Lo ha dejado, sí, pero no sabe dónde y está loco por encontrar el paquete. Tampoco es demasiado fácil dejar de fumar cuando sólo un día al año nos lo recuerdan –los 31 de mayo es el Día Mundial sin Tabaco–, los demás días son de libre albedrío. Concretando: que cada uno haga con sus pulmones lo que le venga en gana, siempre que deje tranquilos a los de quien tenga cerca que ya se encargarán los autobuses de ensuciárselos, y si fumar es un placer o no que cada uno lo juzgue como mejor le parezca. Y si se trata de prohibiciones, cada vez más abundantes en nuestro comportamiento particular, que se incluya entre ellas la de vender tabaco para así evitar que se fume, y que se venda alcohol para evitar borracheras, pero sobre todo que se prohíba votar o pagar impuestos.












