Hace unos años no hubiera sido posible porque los periódicos se publicaban el Domingo de Resurrección y por lo tanto, el sábado anterior había que acudir a la redacción. Eran números extraordinarios, tras un día sin llegar a la calle, en el que se incluían todos los estrenos de cine y teatro que se producían ese domingo. Los principales de la temporada a juicio de los empresarios.
Hoy, con los avances tecnológicos, se puede estar de vacaciones y a la vez continuar la tarea informativa. El ordenador y la línea de ADSL lo hacen posible. Es lo que estoy haciendo al escribir este post y ‘colgarlo ‘ en la Red, aun siendo jueves, para que aparezca al día siguiente en el magazine de ‘Mayormente’. Son mis vacaciones de Semana Santa que hace años, ya digo, hubieran sido imposibles, como de hecho lo fueron durante mucho tiempo en que había que atender la actualidad y trasladarla al papel prensa, al micrófono o a las cámaras de televisión. Así que, con estas ventajas junto a las bonanzas y canongías que no tardarán en llegar según las promesas del nuevo gobierno, el ser un simple currante se va a convertir en un gozo y quedará muy lejos la maldición bíblica acerca del trabajo. (De ilusión también se vive).
Estoy lejos de casa, por tierras valencianas donde no sólo la playa supone un importante atractivo, sino todo lo que el Levante español es capaz de ofrecer en estas fechas en cuanto a celebraciones. Unas de carácter festivo, otras de recogimiento. Está claro que me refiero a las Fallas y a la Semana Santa que este año prácticamente se superponen.
Habrá tiempo, el jueves, viernes, sábado y domingo, para asistir a los actos litúrgicos, recorrer las estaciones y presenciar los oficios que es a lo que me enseñaron desde pequeño. Habrá tiempo para tumbarse en la playa a tomar el sol, si la climatología no lo impide y con el permiso de la autoridad competente, que es una expresión de los antiguos carteles de toros pero que, al paso que vamos, habrá que tener en cuenta por lo que a la autoridad se refiere ya que nuestras libertades cada vez son más limitadas. Sobre todo si se refieren al idioma. Y habrá tiempo, faltaría más, para presenciar las fallas, una tradición que ha hecho de Valencia su conocimiento internacional. Con razón.
Su origen se remonta al siglo XVIII cuando, en al anochecer de la víspera de San José, se colocaban en la calle, expuestos a la vergüenza pública, algunos peleles (ninots) alusivos a algún suceso o personajes censurables. Los mismos se quemaban con el material combustible que aportaban los carpinteros de los deshechos de sus talleres, considerando que así honraban a su patrón. La fiesta no pasaba de ser algo popular y vecinal. Aquello fue convirtiéndose en costumbre y al alcanzar el siglo XIX su medianía se incorporaron pequeñas estrofas, normalmente en verso, explicando, en forma de crítica, las motivaciones que impulsaban cada creación fallera. Estos textos fueron, durante mucho tiempo, objeto de persecución por parte de autoridades civiles y eclesiásticas, pero la tradición acabó imponiéndose hasta el momento actual en que, con tono jocoso aunque en un valenciano apenas inteligible para quienes no lo dominamos, se censuran situaciones y personajes a base de ingenio y con total libertad.
Hasta 1885 no se empezó a premiar lo que de artístico tienen las fallas. Hoy es una verdadera competencia, entre sus artistas creadores, conseguir alguno de los premios que se conceden. Incluso el Ayuntamiento favorece este reconocimiento, cosa que hace desde 1901 en que presupuestó la cantidad de 100 pesetas para premiar la mejor falla. Esta participación por parte de la Administración ha supuesto, a lo largo de todo el siglo XX que las Fallas fueran conocidas en todo el mundo lo que equivale a que las calles de la capital del Turia -y de todas las poblaciones de su Comunidad- se vean estos días plagadas de turistas tanto extranjeros como nacionales.
Tan sólo es cartón sobre armazones de madera los elementos que conforman el ninot. Y arte, mucho arte e ingenio por parte de sus creadores. Después, el fuego se encarga de completar el rito. Como acompañamiento el ruido y el olor de la pólvora.
Alrededor de cada falla se desarrolla todo un proceso de actividades que se prolonga desde que el fuego la extingue hasta que se crea la siguiente, un año después. La principal de estas actividades es la de conseguir financiación ya que cada una trata de ser mejor que sus rivales. Alguna ya ha alcanzado la cifra de 720.000 euros, 120 millones en valor peseta.
Este año la casualidad ha querido que Fallas y Semana Santa coincidan en el calendario de manera que, prácticamente, sobre los rescoldos de aquellas se desarrollen las procesiones. Los falleros, en pocas horas, habrán de sustituir sus vestimentas tradicionales por las de nazarenos.












