Hay muchas personas dedicadas al espectáculo que se autocalifican como artistas, pero que no lo son. Hay pintores que se dedican al camelo, como hay músicos y cantantes, y actores, no digamos. La mayoría de ellos se incorporan al gremio con la única aportación de su físico y una pancarta porque entienden que no hace falta más. Gente que vive de trabajos, seamos generosos llamándolo así, relacionados con el arte, pero ellos, insisto, no son artistas. Aunque canten, o bailen, o compongan, o pinten, o interpreten… Como mucho, son gente que en el mejor de los casos ha aprendido un oficio pero que no nacieron artistas. Porque el artista nace. Lo de hacerse, lo de formarse, no es más completar lo que en esa persona es instintivo, que está en sus genes. Y artistas no hay tantos. Mari Trini era artista.
Mari Trini nos ha dejado hace unos días, metida ya en la sesentena desde hace algo más de un año. Era artista porque nació siéndolo, aun sin darse ella cuenta, posiblemente, hasta alcanzar una cierta edad. Para serlo no se precisa de una gran voz, ni saber cómo se combinan los colores o cómo se escribe una partitura. Se precisa sensibilidad y a Mari Trini le salía por todos sus poros de su piel.
Ello le llevó a concebir una serie canciones a las que añadió poesía o de poemas a los que puso música. Canciones intimistas, de sensaciones, de experiencias y de vivencias que es como desarrollo toda su vida. Y es lo que quiso transmitir al público, consiguiéndolo, si hemos de fijarnos en los éxitos que la acompañaron durante toda su carrera musical.
Musicalidad que surgió profesionalmente tras otros intentos en el mundo de la interpretación y que la llevaron a Inglaterra para perfeccionarse en su aprendizaje, impulsada por el director de cine norteamericano Nicholas Ray (“Rebelde sin causa”, “Johnny Guitar”, “Rey de reyes”, “55 días en Pekín”). Mari Trini Trini también conoció la vida artística y musical de París, donde grabó temas de Yves Montand y aprendió a dominar la lengua de Molière. Entonces ya conocía el manejo de la guitarra en el que se inició cuando una enfermedad la obligó a permanecer en cama durante años y hasta su adolescencia. Tanteó en ella, escribió sus impresiones y surgieron las canciones. Canciones propias que las discográficas no tardaron en aceptar y que la proporcionarían éxito y popularidad como cantantautora, en un mundo y en un momento en que el género masculino se imponía en esta especialidad. Luchar, enfrentarse a las situaciones no era problema para la artista murciana. Logró imponerse y llevar sus canciones a primeros lugares de éxito y de ventas.
En muchos casos los jóvenes se sentían identificados con lo que decía, especialmente las mujeres que vieron en ella una defensora de la igualdad, de sus derechos y de sus libertades. También una rebelde contra muchas de las normas sociales establecidas. Un comportamiento tan paralelo al que fue el de tantos que por razones de edad ahora militamos en Mayormente. Fuimos rebeldes en el 68 y lo seguiremos siendo a los 68. ¿No hay rebeldía en sus letras? Vaya que si la hay. “Yo no soy esa que tu te imaginas, una señorita tranquila y sencilla/que un dia abandonas y siempre perdona/esa niña si… no… esa no soy yo./Yo no soy esa que tu te creías, la paloma blanca que le baila al agua/
que ríe por nada diciendo si a todo/esa niña si… no… esa no soy yo”.
A Mari Trini, no sé por qué, apenas tuve ocasión de tratarla profesional ni personalmente, siempre hubo algo que se cruzó aun teniendo tantas amistades en común. Era un seguidor de su trabajo y un admirador de la artista; no obstante, alguna entrevista si la hice en aquel cuarto donde la SER tenía instalada su emisora de FM. Por lo que en ella aprecié y de lo que de ella supe por sus promotores y amigos, era una persona dinámica, que creía en el trabajo y en el enriquecimiento personal a través de él. Tenía necesidad del perfeccionamiento que siempre buscaba. Lo demostró constantemente con nuevas aportaciones a la música que la llevaron a superar los diez millones de discos vendidos. La Sociedad General de Autores, lógicamente, se lo reconoció -¡faltaría más!- organizando para ella un gran homenaje en el 2005 donde le fue concedido un disco multidiamante. Su última grabación, excepción hecha de una recopilación más reciente, fue hace ocho años haciéndose acompañar por Los Panchos, un disco de boleros con lo que una vez más hizo gala de sensibilidad. No niego ni oculto mi debilidad por el bolero.
Su salud, delicada en los últimos tiempos, no le permitía excesos de un trabajo que, no obstante hacía, preparando nuevos poemas y nuevas canciones para el que pretendía fuera su concierto de despedida, porque no deseaba ser una “vieja gloria” que se limitara a repetir hasta la saciedad los temas de siempre. Le faltó un poco más de tiempo.












