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Cabecera Me Viene A La Memoria

SU NOMBRE ES CONNERY, SEAN CONNERY

Hacer comedia, como la hacía Cary Grant es muy difícil desde el punto de vista interpretativo. No lo es menos enfrentarse a papeles dramáticos en lo que estaba especializado Laurence Olivier para el que Shakespeare era una especie de amigo. Y es igualmente difícil provocar la risa en el espectador como pudiera hacerlo, a base de mímica, CarlesChaplin. Hay actores, sin embargo, que a pesar de la dificultad saben desenvolverse en todos esos terrenos por el dominio de su gesto, del cuerpo o la impostación de la voz, además del talento interpretativo que, sin él, nada puede hacerse. Por lo tanto, actores completos hay pocos y muchos son los que desarrollan su actividad artística desde el encasillamiento. Actores que puedan hacerse cargo de cualquier papel que se les encomiende no abundan en el cine, ni mucho menos en el teatro que entraña mayor dificultad. Y si a todo ello se le pide el acompañamiento de un físico atractivo la cosa es más problemática. Pero haberlos, con todos esos dones, haylos, como las meigas.  Uno de los agraciados con esas cualidades es Connery, Sean Connery a quien los 80 años, que recientemente ha cumplido, no parecen hacerle mella en su presencia física. Así lo considera la opinión femenina y la opinión general ya que, no en vano, ha sido designado como “el jubilado británico más sexy”. Anteriormente, en 1989, la revista Life le votó como el “hombre más sexy del mundo” y posteriormente, en 1999, la revista People le eligió como “el hombre más sexy del siglo”. Todo un record para el Guinness. Que levante la mano la que no haya sentido una especial atracción por él. O el que no haya sentido en algún momento el deseo de transformarse en él, basándose, al menos, por aquello de encontrar un parecido, en la calvicie que desde muy joven adorna la cabeza del actor y que le ha obligado en infinidad de ocasiones a utilizar postizos. Envidia y no tan sana, ante las acompañantes que habitualmente le rodean.
Sean Connery es fruto del séptimo arte, de la pantalla. Su experiencia, como ocurre en otros casos, no la adquirió en las tablas de un escenario. Tampoco, la suya, fue una gran vocación como actor. Antes de ponerse ante las cámaras trabajó como repartidor de leche, posteriormente se alistó en la Marina y tras licenciarse, por problemas de salud, volvió a su antiguo trabajo, condujo camiones, trabajó en una granja como peón, fue modelo artístico y socorrista. Lo típico. Fue un competidor suyo en el concurso de Mr. Universo, en la edición de 1953 donde obtuvo el tercer puesto en la categoría de hombres altos, el que le sugirió presentarse a un casting para la producción “Al sur del Pacífico”. Introducido en el mundo del espectáculo participó en varios repartos cinematográficos hasta que en 1962 surgió la gran oportunidad que supo aprovechar. Estuvo en el sitio apropiado en el momento oportuno. En 1962 se le ofreció dar vida al agente 007, James Bond, el personaje creado por Ian Fleming. La película, la primera de la larga serie dedicada al agente del servicio secreto británico, se tituló “007 contra el Dr. No” y en ella estuvo acompañado por la escultural sex simbol Ursula Andrés.


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El éxito alcanzado por la película y por el actor fue razón suficiente para que los productores incidieran en la experiencia utilizando la misma fórmula. actor atractivo, chicas deslumbrantes y violencia al servicio del bien tal y como la concibiera Ian Fleming que, no en vano, trabajó para el Departament of Naval Intelligence de la Royal Navy, lo que le permitió conocer de cerca, además de su propia imaginación añadida, el ambiente de espionaje que se respira en sus novelas.
Sean Connery creó, como intérprete, el personaje de James Bond a través de las siete ocasiones en que le dio vida en el cine. Un personaje al que se incorporaron, una vez que Connery decidió abandonarlo, otros varios actores que, al margen de su calidad interpretativa, no alcanzaron a imitar el particular estilo que el actor escocés le imprimió. En cualquier versión es inevitable buscar la comparación entre el trabajo de según a quién le sea encomendado el papel (George Lazenby, Roger Moore, Pierce Brosnan, Timothy Dalton o Daniel Craig) y el de Sean Connery.
La vida amorosa del actor escocés también está inspirada por su trabajo en las películas de 007. Sabido es que el personaje se mueve por paisajes paradisíacos y exóticos a todo lo largo y ancho del mundo por donde los guionistas desean que se desarrolle la acción. Las mujeres (las chicas Bond) también son imprescindibles. Al menos dos por película: la buena, que se mete en problemas para que Bond la salve y que incluso llegan a pelear con él en la lucha contra el mal, y la mala, una vampiresa dispuesta a seducirle para perderlo. Otro aspecto igualmente imprescindible es la sofisticación: elegantes casinos, despachos en los barrios de la alta sociedad, subastas de objetos valiosos, lujosos automóviles y deportes de élite como el polo o el golf. Este deporte del palo, la pelota y el hoyo lo tuvo que aprender Connery, al menos para defenderse, ya que en Goldfinger lo tenía que practicar. Para ello tuvo que someterse a su aprendizaje y tanto aprendió que hoy en día y desde entonces se ha convertido en su actividad favorita. En un torneo de golf, en Marruecos, conoció a  Micheline Roquebrune que se convertiría en su segunda esposa. Anteriormente estuvo casado con la actriz Diane Cilento. Esa afición al golf ha traído al actor a España, especialmente a los green de Marbella donde tuvo establecido domicilio y pasó grandes temporadas hasta que optó por el cambio de aires y su renuncia a volver a aparecer por la ciudad malagueña como se ha podido comprobar, cuando hace unos días la justicia española le “invitó” a que se acercara por el juzgado para tratar de algunos asuntos sobre la venta de sus propiedades en España, que no parecen demasiado claros y él está imputado en el caso.
Como buen escocés no es extraño que se despertara en él esta afición deportiva, ya que fue en Escocia donde nació el golf, allá por el siglo XV. Por entonces, los pastores se entretenían golpeando con palos las piedras hasta llegar a una meta. Con el tiempo el entretenimiento se fue perfeccionando e introduciendo distintas reglas hasta convertirse en un deporte. Porque Sean Connery es escocés a ultranza. Tanto que en uno de sus brazos lleva tatuada la leyenda “Scotland forever”. Tampoco oculta sus simpatías por el independentismo escocés ni su afiliación al Scottish Nacional Party. No obstante, porque en esto del independentismo hay mucho de romanticismo por unos y oportunismo por otros, el gobierno británico no ha dudado en concederle el título de Sir, título que le fue otorgado por la reina Isabel II en julio del 2000 en reconocimiento a su trabajo “proyectando hacia el mundo la esencia inglesa”. Eso siempre se agradece, aunque proceda del Gobierno Central. Y supongo que luciría su mejor falda de cuadros en el acto de recibir tanto honor real.
Cansado del encasillamiento a que estaba sometido con su papel de agente al servicio de Su Majestad, un buen día decidió abandonarlo y probar suerte con otros papeles. Surgieron muchos, ya sin aplique capilar; calvo y luciendo un considerable bigote, hasta convertirse, o ser reconocido, como un actor versátil. Son completamente diferentes los personajes de “La trampa”, “La Roca”, Robin Hood príncipe de los ladrones”, “Los intocables” (que le valió un Óscar), “El nombre de la rosa”, “El hombre que pudo reinar”, “El viento y el león” o el padre de Harrison Ford en “Indiana Jones y la última cruzada”. Muchos más títulos, de éxito taquillero, prácticamente todos, lo que no es obstáculo, impedimento, óbice, valladar ni cortapisa para que Sean Connery se haya pronunciado por la jubilación. Lo suyo, en la actualidad, es jugar al golf ejercitando el swing por los diferentes greens del mundo, participar en torneos y colaborar en publicaciones referidas a este deporte. Ya ha trabajado mucho. Todo ello sin olvidar el nacionalismo con el que simpatiza desde su juventud, lo que le ha hecho pronunciarse respecto a los Juegos Olímpicos que en el 2012 se celebrarán en Londres y para los que pide que sus paisanos participen como equipo escocés y no como parte del británico. Pues muy bien. Si fuera español seguro que lo conseguía.
Lo que es tan dudoso como esa participación netamente escocesa es la continuidad de James Bond en la pantalla grande. Estaba previsto que el próximo año se retomara la saga de 007 en el cine, pero el proyecto ha quedado en suspenso debido a la incertidumbre que pesa sobre el futuro de un endeudado estudio de la Metro Goldwin Mayer. Otra vez será.

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