Estoy por asegurar, sin temor a equivocarme, que no queda ningún español sin haber visto la película ‘Las chicas de la Cruz roja’. Y si los hay serán muy pocos e ‘intelectuales’ por demás, que únicamente acuden al cine de ideas. De malas ideas.
Pues ‘La chicas…” cumple este año nada menos que cincuenta. Cincuenta años (1958) hace que se estrenó con Concha Velasco, Luz Marquez, Mabel Carr y Katia Loritz, que eran las chicas, a las que acompañaban en el cartel otros cuatro rostros masculinos, los de Tony Leblanc, Antonio Casal, Ricardo Zamora y Arturo Fernández. Peripecias por aquí y por allá, enamoramientos y desencuentros amorosos de los personajes que, no obstante, acabarán emparejándose al final y todos felices. También el público a quien el guionista no intentaba complicar la vida, ni hacerle pensar en situaciones absurdas de las que no entendiera su significado ni saber a qué conducen, y tan sólo pretendía que quien hubiera pagado en taquilla el importe de la localidad, pasara un par de horas entretenido. Que otra cosa no pretendemos los espectadores normales.
El responsable de que así sucediera era el guionista o lo que es igual: Pedro Masó. A él pertenece, además de este título, muchos otros que han pasado a formar parte de la reciente historia del nuestro cine. Como pertene el propio Masó, a quien no se puede negar todo lo que él ha hecho por la cinematografía de nuestro país. Ha hecho y ahí queda, en las filmotecas, porque Pedro Masó nos ha dejado anteayer. Tenía 81 años de edad, este madrileño que un día entró en el mundo del cine trabajando como chico de los recados en los estudios Chamartín. El botones no tardó en introducirse en aquel mundillo pasando por varios de los oficios del cine hasta ser nombrado productor. A partir de ahí comenzó su verdadero desarrollo profesional y su inquietud que, como su locuacidad y su ímpetu, nunca le abandonó.
Muchos de los títulos más populares de los que están en nuestra memoria y en nuestra retina, llevan la firma de Pedro Masó. Bien como guionista, como productor o como director. Creó su propia firma a los 35 años. Ya no tenía que trabajar a las órdenes de nadie, çel era su propio jefe y si perdía dinero, era el suyo, no el de ninguna subvención, y si lo ganaba era para hacer más cine. Así anduvo constantemente, entre la opulencia y la ruina de la que siempre sabía recuperarse.
No hay que hacer demasiada memoria para acordarse de títulos como el ya citado o ‘La gran familia’, ‘Sor Citroen’, ‘Atraco a las tres’, ‘El día de los enamorados’, ‘La ciudad no es para mí’, ‘Los chicos del preu’, ‘Manolo, guardia urbano’, ‘Los ángeles del volante’… así hasta 150 guiones en los que intervino, 14 películas dirigidas por él y 82 producidas. Todo un record.
En un momento abandonó el cine, pero no la profesión ya que se incorporó al mundo de la televisión. Y en la pequeña pantalla, tampoco nos es ajeno el título de ‘Anillos de oro’, ‘Brigada central’ o ‘Segunda enseñanza’. La crítica, o mejor los críticos, siempre tan cultos ellos, no le trataron demasiado bien, pero el público siempre aceptó sus trabajos. Siempre no, porque ‘La rusa’ según la novela de Juan Luis Cebrián, fue un batacazo importante. No lo recuerdo ni merece la pena buscar datos, pero seguro que los críticos sí fueron benévolos en este caso. El público sí, porque veía en los personajes y en las situaciones casos reales o, cuando menos, próximos a la realidad cotidiana. Taxistas, guardias de la circulación, conductores de autobús, dependientas de comercio, delineantes… ¿Es que es malo ocuparse de estos casos? ¿Es que lo comercial está alejado de la calidad? ¿No es políticamente correcto conocer los gustos del público y satisfacerle? Nuestro cine actual está, sobre todo, falto de naturalidad. En los temas, en la interpretación, en la dirección… en todo. Lo hacen interesándose por las subvenciones, no por el público. Así tiene el reconocimiento popular que tiene.
Que aprendan nuestros nuevos cineastas de Pedro Masó y que no se limiten, como hicieron hace tres años -y creo que por compromiso a una trayectoria y a un nombre- a darle un Goya honorífico por toda su carrera. Bueno, es igual, el público sí sabemos apreciarlo.
Cuando saltó la noticia ya era tarde, el post de esta semana ya estaba colgado. Pero no podía dedicar unas líneas a un hombre de nuestro cine que nos dejaba y no hacerlo igualmente, y por la misma razón, con otro. Pero Masó era importante en nuestro cine, el español. Paul Newman lo era en el cine norteamericano, que es como decir el cine mundial. Vayan estas pocas palabras para recordarle, porque en muchos de los momentos que hoy ‘nos vienen a la memoria’ a los de ‘Mayormente’, el actor de los ojos azules tuvo su punto de participación ya que muchas de nuestras horas de juventud las hemos pasado en el cine. Y muchas veces le dejamos con la palabra en la boca, llevando a cabo su interpretación, siempre magnífica, sin terminar de poderla apreciar porque cerraban el portal en casa de la novia y había que dejarla antes de que ocurriera y de que el sereno creara su propia opinión al respecto. En fin, Paul Newman nos lo sabrá perdonar. En vida, como actor, tuvo el máximo reconocimiento de público y crítica. También como persona generosa. Hoy, su nombre ya es leyenda.












