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Cabecera Me Viene A La Memoria

VACACIONES POR LOS CAMINOS DE HIERRO

Estamos en época de vacaciones y ello implica, en la mayoría de los casos, abandonar temporalmente el lugar habitual de residencia para trasladarse al elegido a pasar unos días de asueto. Quizá a la playa, o a la montaña, o a esa pequeña aldea donde vive algún familiar. Pero hay que llegar hasta el punto de destino.
 
El automóvil se ha adueñado en gran parte de la situación pero existen otros medios para trasladarse: aviones que nos obligan a permanecer largos espacios de tiempo en los aeropuertos esperando que la megafonía nos anuncie que sus puertas están abiertas para el pasaje, tras haber padecido un considerable retraso sobre el horario previsto; están de moda los cruceros, con toda la parafernalia que encierra el embarcar como llegar hasta el puerto de partida, acomodarse, visitar la nave, preguntar a los empleados de la naviera sobre las actividades a desarrollar, ver alejarse la tierra firme… Existe la moto y el autocar, si la carretera es la manera elegida para el viaje. Y existe el tren. Personalmente es el medio que prefiero. Me recuerda tiempos de infancia y me lleva a imaginar todo aquello que los escritores han narrado en multitud de ocasiones para situar amoríos, crímenes, aventuras…
 
Conocí, como supongo que os ocurrirá a la mayoría, aquellos trenes alimentados por carbón, traqueteantes, ruidosos, sucios, calurosos, incómodos, pero trenes, al fin y al cabo, que nos deparaban desde el comienzo del viaje, la ilusión por algo que estábamos a punto de disfrutar, bien fueran las vacaciones o el turismo o la visita a la familia. Un comienzo que se hacía esperar en el tiempo de antelación con que llegábamos a aquellas estaciones destartaladas y malolientes. Lo mismo las del recorrido que las terminales.
 
Creo que en aquellos trenes había primera clase, pero no tuve la ocasión de comprobarlo hasta bien entrado en años en que, incluso, disfruté del coche-cama. (En las líneas ferroviarias que mantienen esta maravilla, lo sigo utilizando). Eran, los de entonces, vagones familiares. La familia de uno y la de  todos los demás viajeros a los que, poco después de arrancar, ya conocías como de toda la vida.
 
-Yo es que voy a Madrid para ver a una hija mía que ha tenido un crío, mi nieto. Una monada, oiga, una verdadera monada, que me han mandado una foto, mire, ¿está hermoso, verdad? ¿Le apetece un poco de chorizo?-
 
-Pues a mi es que me tienen que operar del hígado o no sé de qué, porque me tiene loco este dolor, aquí, mal señalado, y voy a que me hagan unos análisis. Si le hace un poco de queso, o tortilla si lo prefiere-
 
-A lo mejor le apetece un trago de vino, lo hago yo; nada, de cuatro cepas que tengo en el pueblo. Anda que no le queda mili todavía a mi hijo. Le voy a ver porque no le dan permiso y su madre no está para estos trotes de viajes tan largos, que hay, por lo menos, más de cien kilómetros desde el pueblo-
 
Todo con familiaridad durante las horas del trayecto. Comiendo, bebiendo, fumando (porque entonces no le molestaba a nadie) y charlando con personas a las que nunca habíamos visto ni volveríamos a ver una vez finalizado el trayecto. De vez en cuando, el revisor hacía una visita por los vagones para comprobar que todo estaba en orden. Como fondo el  paisaje que discurría lento, el pitido que constantemente se hacía notar para avisar del paso del tren, el girar monótono de las bielas, el chirrido de las ruedas en las curvas y las voces que, en las estaciones (todas con su enorme reloj, cuyas manecillas nunca coincidían con las del de nuestra muñeca), pregonaban los productos típicos del lugar además de las tradicionales gaseosas de bola con que mitigar la sed. Unas botellas de líquido dulce con una bola en su interior que, al ser llenadas, la hacían subir haciendo de tapón y que al empujar esta bola con el dedo se hundía permitiendo que la gaseosa refrescara nuestra garganta. Todo un invento antes de que se popularizaran las bebidas de cola y las isotónicas. Tenía su encanto y su romanticismo aquella forma de viajar, como reflejaron las hermanas Fleta -Elia y Paloma, hijas del gran tenor Miguel Fleta- en la canción que dedicaron a los viajes en tren:
 
Al compás del chacachá
del chacachá del tren:
Qué gusto da viajar
cuando se va en el tren”.


http://www.youtube.com/watch?v=VfqS8-_adQA


Y por todas las partes, altillos y rincones del vagón, maletas. Muchas maletas, viejas casi todas, y paquetes toscamente atados con cuerdas de pita.
 
Aquello pasó a mejor vida. Hoy se viaja cómodamente en trenes que se desplazan a 300 km por hora donde el mayor equipaje es un ordenador portátil y un maletín. Sin faltar, por supuesto, el teléfono móvil que todo el mundo se empeña en utilizar a la vez creando un maremagnun de conversaciones a una voz porque, como es lógico, no se escucha al interlocutor que, incluso, hasta creo que muchas veces ni existe.
 
“Bien, muy bien… Estamos pasando por Puertollano, me parece, es que esto va muy rápido… Claro que te quiero… Pues dentro de una hora, más o menos… No, a mi mujer la he dicho que voy a un congreso… Mucho, ¿y tú a mi?”… O el activo ejecutivo que habla más alto que nadie, que se le oiga bien para que los compañeros de viaje sepan bien quién llevan al lado: “Encarga tres mil docenas pero no a más de setenta… No, euros no, dólares”…
 
Hace un par de años, regresando de Sevilla, en verano, al vagón en que viajaba se le estropeó el aire acondicionado y el público poco menos que enloqueció. “Esto es imposible, no hay quien lo aguante, ¿es que no van a hacer nada?…, esto requiere una explicación…, se van a enterar de quién soy yo” Desesperados y hasta enloquecidos por el calor los viajeros se fueron acomodando en otros vagones y me quedé solo, leyendo y pasando calor, si, pero no más que el que pasaba en aquellos años 40 y 50. El mismo del que mis compañeros de viaje no se acordaban, ya que ciertas comodidades actuales han provocado el olvido. La tontería, el snobismo y el considerarse más elegantes, también. Recordando aquellos viajes no me sorprendió la alta temperatura porque, de pequeño y hasta de adolescente, me había acostumbrado a ella en el tren. Casi me alegré de que sucediera porque adquirí la tranquilidad de no tener que escuchar las conversaciones absurdas que hasta el momento había venido escuchando, sin que me importaran lo más mínimo y que los otros viajeros, a juzgar por el elevado tono empleado hacia el micrófono de sus móviles, tenían interés en que escuchara. Encima me devolvieron parte del importe del billete.
 
El encanto de los trenes antiguos se ha perdido, aunque, justo es reconocerlo, se ha ganado en rapidez y comodidad. Y esa rapidez entre la ida y la vuelta permiten viajar sin apenas nada, más allá de lo imprescindible, al estilo de Antonio Machado quien hace años manifestó hacerlo así en el poema que el tren le inspiró:
 
Yo, para todo viaje
-siempre sobre la madera
de mi vagón de tercera-,
voy ligero de equipaje.


Resumiendo: que a donde sea y como sea, por los medios de antaño o los de ahora, lo importante es viajar. Además, como indicó Baroja (¿o fue Unamuno?), “viajando se cura la enfermedad del nacionalismo”. Una enfermedad que, de no atajarla, se convertirá en pandemia.


 

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