El título del post no es el anuncio de ningún mensaje con políticos como protagonistas porque, entre otras cosas, no hay elecciones a la vista. Aunque a ellos, si son de buena condición, no les hace falta ese pretexto ya que son capaces de mentir con sólo abrir la boca. Pero en este caso se trata de la excepción y aunque se trate de contar mentiras, no hay ningún político por medio. He repasado la cartelera teatral madrileña con intención de ponerme al día después de dos meses de marginación por “prescripción facultativa” y me tropiezo con este título que ya en ocasiones anteriores ha conocido diferentes escenarios, tanto en Madrid, como en provincias y en el extranjero ya que se trata de la obra más representada mundialmente de su autor que no es otro que el prolífico Alfonso Paso. Su nombre me ha venido a la memoria en recuerdo de unos tiempos pasados en que hasta en siete teatros, de manera simultánea y con el cartel de ‘no hay localidades” puesto a diario, se representaba una obra de Paso. Se llegó a sospechar que el autor madrileño llegaría a tener un título en cada sala, excepto en el Teatro Real y no por su condición musical sino porque en aquellos años se encontraba en obras y en la entrada un cartel rezaba ‘prohibido el paso’.
Podría haberlo conseguido teniendo en cuenta que firmó más de 200 títulos, casi tantos como su padre, aunque el progenitor le dobló, prácticamente, la edad. En este punto es donde surgen las discrepancias del público y la crítica sobre la calidad literaria de una producción tan extensa. Personalmente creo que la comercialidad no está reñida con la calidad. Hay pintura, música, teatro, literatura y cine comercial totalmente detestable, ordinario, sin pies ni cabeza, sin base, totalmente alejado del concepto más elemental de arte. Pero también hay, en los mismos terrenos, trabajos realizados con dignidad y con criterio artístico capaces de alcanzar el beneplácito de las mayorías. Mayorías sencillas, sin gran preparación ni bagaje cultural que no se complacen con lo enrevesado para disfrutar sobre el concepto que tienen acerca del arte. Si la obra del artista no llega al gran público malo para el artista que, diga lo que diga, su aspiración es poder vivir de su creación. Sólo cuando no es capaz de pasar la barrera de la aceptación es cuando el artista se disculpa con un “mi trabajo es para minorías”, “ante todo pretendo satisfacerme a mí mismo” y otras bobadas por el estilo con las que tratan de justificar el fracaso. Los hay que su trabajo ni es para ellos ni para el público porque apenas si se alcanza a conocer y donde el único propósito es conseguir una subvención. Haciendo lo que sea, diciendo lo que haga falta y gesticulando con las cejas. A algunos, bastantes, les funciona.
Alfonso Paso tenía que conseguir, a base de ingenio, que el público pasara por taquilla que es la manera más tradicional y pulcra para vivir del teatro. Se escribe una obra, un productor la financia, unos actores la interpretan, un director la dirige, se ponen las localidades a la venta y… a esperar. Esperar al público, que si le apetece asistir lo hará voluntariamente sin necesidad de que, obligatoriamente, de sus impuestos se detraiga una cierta cantidad para cubrir las subvenciones y alimentar a los subvencionados para que sigan presumiendo de artistas.
Casualmente, las obras que no disfrutan de la subvención son las que consiguen una mayor aceptación par parte del público mientras que, en su mayoría, las muy protegidas son las más rechazadas. No interesan porque generalmente lo que hay detrás es intento manipulador, enchufismo, prevaricación, pago de favores… todo menos teatro y el público no es tonto. Ni ahora ni en tiempos de Lope de Vega, ni de Arniches o Muñoz Seca o Jardiel, prolíficos en su producción como Alfonso Paso, y sabiendo llegar al público. Jardiel Poncela, precisamente, fue fuente de inspiración para Paso, además de emparentar con él por su matrimonio con Evangelina, la hija mayor del autor de “Usted tiene ojos de mujer fatal”. Al igual que su suegro, de quien recibió una clara influencia, concedió al humor el verdadero protagonismo de sus obras proporcionándolas ese carácter ligero que impactó entre el público.
No obstante, el oficio de escribir para el teatro no fue nada nuevo en la profesionalidad de Alfonso Paso, ni tampoco su proximidad a Jardiel Poncela (1901-1952) ya que también su padre –Antonio Paso– ejerció la misma profesión como lo demuestra que firmara varios títulos de zarzuela entre los que destacan “La alegría de la huerta”, “El bateo”, “El asombro de Damasco” o “El niño judío”. Alfonso Paso nació en el ambiente teatral, literario y musical ya que, además de su padre, la familia cuenta con otros miembros dedicados a la escena, con Manuel Paso y la actriz Juana Gil, madre del dramaturgo que nos ocupa. Inicialmente su vocación, aunque en el campo de las letras, se orientó a la carrera de Filosofía y Letras en la rama de Historia de América y Arqueología en la que se licenció con el Premio Extraordinario fin de carrera. Se sintió igualmente atraído por la Medicina que también estudió y por el Periodismo en el que obtuvo la licenciatura y llegó a ejercer.
Pero el teatro, al que llegó en 1946, absorbió todo su interés. De aquella primera etapa productiva data su obra “Los pobrecitos”, próxima al neorrealismo, y otros títulos desde los que Paso pretendió la crítica social y que, a pesar de los éxitos, decidió mutar por un estilo más desenfadado, más ligero y desde luego, más comercial, sin que ello suponga un reproche. Gustavo Pérez Puig, conocedor como pocos de los secretos del éxito, es el responsable de esta recuperación de Alfonso Paso. Sabe que realizar el montaje de alguna de sus obras tiene más del 90 por ciento de éxito asegurado. El público lo agradece haciendo que estas reposiciones (no es la primera que realiza el director murciano) se mantengan en cartel mucho más tiempo que las que van precedidas de una supuesta calidad basada, más que nada, en su incomprensión o en la mediática vida de su autor.
Los títulos de Alfonso Paso han permanecido meses y meses en la cartelera y en ocasiones, como sucede con “Enseñar a un sinvergüenza”, el éxito se ha prolongado durante temporadas. El actor José Rubio, tras estrenarla, la estuvo interpretando durante 18 años. La tarea de interpretar también la asumió Paso en algunas ocasiones para dar vida a alguno de los personajes creados por él. La ocasión que más recuerdo es “Nerón-Paso”, una recreación histórica de Roma en la que el autor daba vida al emperador. También protagonizó “Querido profesor” que, además, puso en escena en Argentina y otros países latinoamericanos. Muchos de sus títulos, éxito en los escenarios, fueron llevados al cine; la televisión recurrió a él en ocasiones como es el caso de “El último café” que protagonizó Antonio Garisa manteniéndose en antena durante dos años y hasta en Broadway, toda una referencia teatral, alcanzó su popularidad ya que allí se estrenó “El canto de la cigarra”. Otro tanto ocurre con las traducciones ya que gran parte de la producción de Paso se puede leer en más de dos docenas de idiomas.
Todo lo conseguido por Paso no fue fruto de la casualidad sino del trabajo y su gran conocimiento del teatro. En ello está el secreto de su enorme producción de la que llegó a estrenar 150 obras, además de las múltiples colaboraciones en prensa y el trabajo en el cine y la televisión. Trabajar a diario con horario establecido a modo de obligación para que la llegada de las musas le cojan a uno trabajando. Y siempre con un puro entre los labios. Así y todo, aún tenía tiempo para atender a todo el que se acercara a él para ofrecerle una sala donde estrenar o pedirle una comedia. Con todo el mundo conversaba dado su carácter campechano que nunca abandonó. Los que le conocieron comentan, como detalle de su personalidad, la falta de nervios que le llevaba a quedarse dormido en sus propios estrenos y había que despertarle para salir a saludar.
En 1978, en pleno éxito, cuando apenas había superado el medio siglo -52 años exactamente- un cáncer le apartó del teatro y del mundo. Sus obras, cuando un director no teme ser considerado como comercial y no tiene que dar explicaciones de ningún tipo con el propósito de conseguir una subvención, se siguen poniendo en escena para satisfacción del público mayoritario que es el que hace que el teatro sobreviva por encima de crisis y de francotiradores.












