Hace unos días llegué pronto a casa, algo poco habitual, y me senté ante el televisor. No sé para qué se ha inventado el TDT, la televisión de pago y la misma televisión si, en todo el recorrido por las diferentes cadenas (que son muchas) no ofrecen nada que merezca la pena. Por lo menos no me lo parece. Concursos sin ningún interés; programas de famosillos que cuentan sus miserias por unos cuantos euros; programas donde son los presentadores, estirando mucho los dedos de las manos y haciendo como que se expresan con ellas, quienes desvelan la supuesta vida íntima de esos famosillos a cambio, también, de otros euros a los que llaman sueldo; video-clips sin la más mínima calidad o noticias ya sabidas a través de la radio o la prensa y que, de cualquier forma, son monótonas, aburridas además de narradas y escritas con un estilo informativo más que deficiente. Así que, deseando pasar un rato agradable que no me proporcionaban ninguno de los canales televisivos, recurrí a la deuvedeteca (supongo que será así como denomine al lugar donde se archivan los DVD) y repasando los títulos me encontré con “El guateque”. La película de Blake Edwards, originalmente se llama “The party” y con este título no nos hubiera sido difícil comprenderla en los países de habla hispana. El caso es que a alguien se le ocurrió traducir ese título y es así como la hemos conocido. Es hora y media garantizada de entretenimiento y sonrisas proporcionadas por un Peter Sellers genial, protagonista de un gag tras otro.
Sin embargo, el título españolizado, hizo que viniera a mi memoria aquella época de nuestra entrada en la juventud en que la semana eran seis días esperando la llegada del domingo para acudir al guateque correspondiente. El organizado en casa de Fulano, de Mengano, de Zutano o en la nuestra. Se repetía todos los domingos y aparentemente eran todos iguales, pero sólo en plan colectivo. Cada uno y cada una (porque entonces si había ‘unes’ lo disimulaban muy bien) teníamos razones distintas para desear que llegara el momento de ese guateque. Porque íbamos a encontrarnos con aquella niña tras la que andábamos (y viceversa), o porque pensábamos que ese domingo surgiría el flechazo. En cualquier caso porque intuíamos los arrumacos que proporcionaríamos y los que recibiríamos. Camuflados, es cierto, con la apariencia de baile. El roce de nuestra epidermis facial con otras más suaves, el entrelazado de manos, las miradas. Françoise Hardy, nuestro icono de entonces, (que ya tiene 64 años, no vamos a ser nosotros los únicos que cumplamos, pero que sigue cantando igual de bien) nos lo recordaba al susurrar “Tous les garçons et les filles de mon âge”: ‘se promènent dans la rue deux par deux… et les yeux dans les yeux et la main dans la main…’ Teníamos, en este caso, la ventaja de que en nuestros estudios de Bachillerato estaba incorporado el francés, ya que el inglés todavía no se había impuesto, y asimilábamos mejor las letras de esta francesa de pelo lacio que las de los cantantes ingleses, por muy Beatles que fueran. Françoise Hardy éramos cada uno de nosotros.
En aquellos guateques surgieron los primeros noviazgos y de las parejas surgidas todavía somos muchos los que podemos contarlo.
Eran los tiempos de las faldas con can can, de los pantalones campana, de los primeros tacones, el primer maquillaje, cinturas estrechas, bustos en pleno desarrollo… Nosotros lucíamos nuestro primer traje y la corbata pedida prestada a los padres y entre los dedos un inseparable cigarrillo del que proyectábamos volutas de humo, más que nada para impresionar al sexo femenino. Y unas pocas pesetas en el bolsillo para, caballerosamente, pagar el autobus en el que acompañaríamos hasta su casa a la que más atención nos había prestado esa tarde. O a la que menos, pero que era la elegida y, sabedora de ello, es por lo que trataba de ignorarnos dándonos achares y provocando nuestros celos a base de aceptar otras parejas de baile. A las pocas semanas, a fuerza de tesón, acabábamos saliendo con ella.
Eran guateques donde el alcohol apenas tenía presencia. Las bebidas, a base de refrescos de cola y espumosos, junto a las patatas fritas, almendras y otros frutos secos, eran costeadas por todos los chicos, menos el dueño de la casa que para eso aportaba el recinto. El tocadiscos, una caja portátil de la que surgía, a 45 revoluciones por minuto, la voz de Luis Aguilé, de Los Brincos, Los Pekeniques, Los Sirex, Los Beatles, Sandy Shaw, Gigliola Cinquetti, Adamo, Adriano Celentano, Silvie Vartan, Jhonny Halliday, Elvis Presley, Domenico Modugno… pertenecía al más afortunado del grupo. El que tenía unos padres o unos tíos que se permitían el lujo de regalárselo. Los demás todavía no habíamos alcanzado ese estatus en cuanto a propiedad de lo que más deseábamos. Al frente de él, cambiando los discos, el más tímido auxiliado por la más tímida, que al final acababan por emparejar y haciendo que pusiera otro los discos. Siempre había relevo. La más guapa, eligiendo entre los muchos candidatos a bailar con ella; el más apuesto, con su aire de superioridad, esperando que fueran ellas a invitarle, con lo que apenas bailaba; el más extrovertido contando chistes, la más fea aburrida en un rincón, el más feo resistiéndose a sacar a bailar a ninguna afectado por su complejo de inferioridad; la más lanzada sin parar de atender peticiones; el más lanzado luchando contra el potente brazo femenino que evitaba cualquier aproximación que impidiera que el aire corriera entre medias de la pareja, y los más, sin complejos de ningún tipo, a lo suyo. Ahora bailar con esta, ahora esta con este; una especie de intercambio continuo hasta avanzar la tarde en que las parejas se iban definiendo. Al anochecer cada uno a su casa. Ellas, normalmente, siempre encontraban un acompañante que, en el recorrido, intentaba la cita para los días de entresemana. El domingo había finalizado y algunos/as creían haber tocado el cielo. Quizá el próximo domingo lo alcanzarían verdaderamente.
Las emociones de entonces con un corazón que muchas veces palpitó a más velocidad de lo normal, los sabores de aquellos brebajes y aquellos aperitivos, y hasta los olores, mitad perfume juvenil mitad tabaco, los tengo grabados en mi mente como, seguro, que os ocurrirá a muchas y muchos de los que estáis leyendo este post. En la urbanización en que vivo, donde abundan los estudiantes por ser zona universitaria, se celebran con frecuencia fiestas que es como ahora se llaman los guateques. A muchos vecinos les molesta porque dicen que hacen ruido. A mi también me molesta… no ser invitado a ellas. Aunque me temo que mi mujer no estaría de acuerdo con la invitación.












