;
Cabecera Me Viene A La Memoria

ZARZUELA Y ALGO MÁS

Ocurrió un 25 de marzo, ahora hace cien años. El compositor Ruperto Chapí dejó en esa fecha el mundo de los vivos. Cien años después, distintos organismos públicos y privados, entidades musicales y teatrales, conmemoran este centenario con congresos, representaciones, reposiciones… Todo muy cultural y necesario, por supuesto, pero en esos actos falta lo principal: el público que en su momento encumbro la figura del músico reconociendo el valor de sus creaciones y su talento con el que Chapí supo captar el corazón de los aficionados.
 
Es por eso que su entierro, en Madrid, donde murió, supuso todo un acontecimiento social. Lo fue, de pesar, en toda España, pero Madrid se volcó según cuentan las biografías del autor de La Revoltosa y la prensa de la época. Miles de personas quisieron acompañarle hasta su última morada en una comitiva que estuvo presidida por el ministro de Instrucción Pública y en la que participaron figuras destacadas del arte y la sociedad en general como Pérez Galdós o Blasco Ibáñez. Una comitiva que recorrió todos los teatros donde Chapí había estrenado sus obras más celebradas.
 
Mis padres me llevaron desde muy pequeño a ver zarzuelas, también mis tíos y a mis abuelos se las oía cantar. De adulto continué con la tradición, aun dentro de la escasez que de ellas se ofrecía y se ofrece en la cartelera teatral. Mi oído se acostumbró a escuchar las romanzas, los dúos, los preludios y los intermedios. Aunque tenga similares compases o ritmos, la zarzuela tiene un sonido especial que la hace ser un género netamente español diferente por completo al de las operetas francesas o vienesas con las que cabe encontrar cierto paralelismo exppositivo. Las que han compuesto músicos de otras tierras, al otro lado del Atlántico, como es el caso de Lecuona, sin discutir su calidad, suenan “de otra manera”. Ni mejor ni peor; de otra manera que no es la de “nuestra zarzuela”. Y es que, por la razón que sea, muchos se han empeñado en desprestigiarla cuando existen infinidad de casos en que su música perfectamente puede alternar con la de muchos autores más considerados musicalmente. 
 
Es larguísima la lista de compositores entregados a este género. Muchos de ellos populares. Muchos también, deficientes músicos a pesar del éxito que en determinado momento pudieron obtener de un público, por otra parte, no demasiado exigente en cuanto a exigencias musicales. Hubo quien no se acercó a ella, o no demasiado, casos de Falla, Granados, Albéniz, Turina, Conrado del Campo, Toldrá, Casals… que eligieron las salas de concierto para ofrecer sus trabajos. Otros se inclinaron por el teatro: Barbieri, Chueca, Bretón, Alonso, Guerrero… y Chapí. Chapí es el autor de “La Revoltosa”, dio vida a Mari Pepa y a Felipe es cierto, pero también lo es de “La tempestad”, “El puñao de rosas”, “El tambor de granaderos”, “El rey que rabió”, “Las hijas del Zebedeo”, “La bruja”, de muchas, muchísimas más de las que alguno de sus fragmentos somos capaces de identificar musicalmente y seguirlo si lo escuchamos. Todas ellas de alcance popular, pero Chapí también fue un músico al que habrá quien llame “serio”, como si hacer zarzuelas no requiriera “seriedad”. Sus conciertos, en todos los aspectos, para orquesta, para grupos de cámara, obras religiosas… son tan numerosos como sus títulos teatrales entre los que también se dan óperas. Falla dijo de él que era el mejor músico español de aquel tiempo.
 
Imprimió carácter castizo a su célebre “Revoltosa”, que como algunas otras permanece actualmente en el escaso repertorio que todavía se representa, pero Chapí no era madrileño, como no lo fueron otros muchos autores y músicos que dieron forma a aquella forma de casticismo que, posiblemente no existió, al menos de forma tan marcada en lo chulapo. Chapí era alicantino, concretamente de Villena, donde su padre ejercía como barbero. Aficionado también a la música, instruyó en ella a sus cinco hijos aunque Ruperto resultó ser el más aventajado. Convencido de sus cualidades artísticas, el padre le envió a Madrid para ampliar y perfeccionar sus conocimientos. Lo hizo alternado los estudios con esporádicos trabajos en diversas formaciones musicales, hasta conseguir una beca que le llevó perfeccionar sus conocimientos en París y Roma. Fue a su regreso, sin conseguir su propósito de ser reconocido en los ambientes europeos, cuando se lanzó a la aventura de componer. Y acertó. Los estrenos y los éxitos se sucedieron hasta 1909 en que estrenó su última obra, “Margarita la tornera” inspirada en la célebre obra de Zorrilla. En el banquete que se le ofreció para celebrar el éxito, Chapí se sintió indispuesto llegando a perder la conciencia. En su delirio agitaba los brazos en aspecto de dirigir una orquesta. Pocos días después falleció.
 
Se conservan sus obras ya que, afortunadamente, las legó a la Sociedad de Autores que él mismo había fundado para evitar que fueran los editores quienes explotaran los derechos de una obra sin que sus creadores ejercieran ningún tipo de control económico sobre ellas. La idea fue buena, pero no dejó suficientemente establecido su forma de funcionamiento, como ha quedado en evidencia al llegar a nuestros días. Tampoco iba a adivinar, claro es, quienes se iban a encargar de su funcionamiento cien años después.     

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>